Vera siguió al señor Navarro y subió a la lujosa camioneta que los esperaba.
Navarro ocupó el asiento junto a la ventana y Vera se sentó a su lado.
De repente, él le preguntó en voz baja:
—Vera, ¿cómo están las cosas entre tu tía Josefa y tu tío Rubén?
Vera se quedó pensativa unos segundos antes de contestar.
—Mi tío Rubén quiere el divorcio, pero mi tía no acepta. Mi hermano y mis hermanas tampoco están de acuerdo, así que todo está en un punto muerto.
Vera lo miró con curiosidad.
—¿Por qué lo preguntas de repente, papá?
—Por nada en especial —respondió Navarro con un tono que sugería lo contrario—. Solo me preocupo por una vieja amiga. Quizá no lo sepas, pero tu tía y yo fuimos compañeros en la secundaria. Solíamos ser muy cercanos...
Vera no tenía idea de ese detalle.
Y la verdad, tampoco le importaba demasiado.
Su mente seguía torturándose con la imagen de Romeo cargando a la hija de Amaya, luciendo como la familia perfecta.
Su odio por Amaya fluía tan incesantemente como un río embravecido.
Instintivamente, se aferró del brazo de su padre y tanteó el terreno.
—Papá, ¿podrías aliarte con mi hermano para sacar a Amaya y a Romeo del círculo social de Solsepia?
—Si el Grupo Vanguardia y el Grupo Muñoz unen fuerzas para presionarlos, te aseguro que no tendrán cabida en la ciudad.
El señor Navarro parecía estar absorto en sus pensamientos y no prestó mucha atención.
Vera, al verlo distraído, le sacudió el brazo con un puchero.
—¡Papá! ¿Por qué me ignoras?
Navarro reaccionó parpadeando.
—Ah, me decías de una alianza entre nuestras empresas, ¿verdad? Por mí no hay problema. Si Diego está de acuerdo, yo colaboraré sin dudarlo.

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