Era Dante Ramos.
¡Había vuelto a Solsepia!
Vera estaba paralizada. Cuando logró reaccionar e intentó asomarse para confirmar lo que había visto, el semáforo ya estaba en verde y el auto se había alejado a toda velocidad.
—¿Qué sucede? ¿Qué viste, Vera? —preguntó el señor Navarro, sobresaltado por el grito repentino.
Vera seguía temblando, intentando recuperar el aliento.
—No... no es nada. Me pareció ver a un viejo amigo en ese auto.
Apenas terminó la frase, su teléfono vibró.
Era un mensaje de texto de Dante:
«Vera, volví al país. Tranquila, mientras yo esté aquí, nadie podrá hacerte daño.»
Al leerlo, el corazón de Vera dio un vuelco, dividida entre el pánico y la euforia.
Pánico, porque el regreso de Dante significaba que esa sombra oscura y amenazante volvería a atormentar su vida.
Euforia, porque sabía que, estando él en el país, encontraría mil maneras retorcidas de destruir a Amaya y a Romeo, convirtiendo la vida de esa mujer en un infierno.
Vera lo pensó un momento y tecleó una respuesta rápida:
«Te buscaré cuando esté a solas.»
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Los resultados de los exámenes de Reni fueron excelentes. Su estatura y peso estaban por encima del promedio, y sus reflejos eran perfectos.
Además, era una bebé con un temperamento muy tranquilo. No había hecho casi ningún berrinche durante la revisión, y bastaba con que las enfermeras le hicieran una gracia para que soltara una carcajada.
Amaya había estado de excelente humor hasta que se topó con Diego y su comitiva, lo que arruinó su día por completo.
Tras dejar a Reni en casa.
Amaya y Romeo regresaron a la oficina.
Apenas llegaron, César Ortega le entregó un sobre con una gran sonrisa.

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