—Tengo que admitirlo, eres increíble. ¡Soportaste una dosis que tumbaría a un caballo y aún sigues despierta!
Suspiró pesadamente. —Pero ya que sabes quién soy, no me culpes por lo que tengo que hacer.
Aceleró a fondo, conduciendo el auto como un desquiciado por la carretera. Desde el asiento del conductor, su voz sonaba escalofriante:
—No quería matarte, Amaya. Pero si sigues viva, todo mi imperio se derrumbará.
—Así que, lo siento. De verdad lo siento. Quería decirte que estoy enamorado de ti. Te he amado desde que estábamos en la escuela, pero tú... tú nunca me prestaste atención.
—Jamás pensé que yo sería el hombre que te enviaría al otro mundo.
—Pero no me dejas otra opción.
—Deberías haberte dormido con el pañuelo. Si lo hubieras hecho, al menos conservarías tu vida.
El hombre hablaba consigo mismo mientras conducía.
Usaba un tono terriblemente casual para escupir palabras que helaban la sangre.
Amaya, tirada en el asiento trasero, estaba bañada en un sudor frío. Sentía las gotas resbalar por su espalda como insectos caminando sobre su piel.
No era que tuviera una resistencia sobrehumana a las drogas.
Era que padecía de rinitis severa, y el clima nublado y húmedo de Aquilinia la había congestionado por completo.
Por pura suerte, su nariz tapada impidió que inhalara la dosis completa del químico.
Pero ahora, esa suerte parecía una condena.
Porque él había decidido asesinarla.
Amaya intentó incorporarse con todas sus fuerzas, pero tras varios intentos inútiles, se dio cuenta de que no tenía caso.
No le quedaba ni una gota de energía. Se resignó a quedarse recostada.

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