Sebastián regresó al salón de eventos.
Josefa agarró instintivamente la mano de Melina, con un destello de euforia en los ojos:
—No puedo creer que el juguete de Beatriz haya caído tan rápido. Apenas le tiramos el anzuelo y ya mordió.
Melina la miró con desdén:
—¿De verdad crees que a su edad puede conseguirse algo de clase alta? Obviamente es de los que se van con cualquiera que les pague.
Josefa sonrió satisfecha:
—Pero este hombre sabe cómo moverse. Con un par de palabras nos dio el número de la habitación. Queda claro que lo suyo con Beatriz es solo un pasatiempo.
Melina entrecerró los ojos:
—Por supuesto. Esta noche le daremos una buena lección. Lo mejor será convencerlo para que nos ayude a dejar a Beatriz en la ruina.
Josefa se sintió aún más complacida:
—¡Excelente idea! ¡Vamos a casa a arreglarnos!
Melina asintió. Madre e hija salieron del Gran Hotel Horizonte rebosantes de alegría, planeando su gran noche.
-
Sebastián regresó discretamente a su asiento principal.
Beatriz no sabía a qué había salido, y aunque él parecía tranquilo, todavía se sentía un poco nerviosa:
—Hijo, ¿por qué saliste de repente?
Sebastián respondió con naturalidad:
—No fue nada, solo salí a contestar una llamada.
Al no ver nada raro en su expresión, Beatriz se relajó.
Después de tantos años sin verlo, estaba ansiosa por presentar a Sebastián a todos los familiares y amigos. Quería gritar con orgullo que su hijo finalmente había cruzado océanos y montañas para regresar a casa.
Sentados en sus lugares, Amaya y Romeo observaban a Beatriz caminar entre los invitados tomando de la mano a Sebastián, y no pudieron evitar sonreír de felicidad.
—Es la sonrisa más brillante que le he visto a mi mamá en todos estos años —comentó Amaya, mirando la alegría en el rostro de Beatriz a través de la multitud.

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