Al comparar esa actitud con las crueles palabras de Josefa y Melina, quienes solían maldecir a Reni llamándola un desastre y una bastarda... Amaya sentía cada vez más que había escapado de una cueva de lobos para entrar en un verdadero paraíso.
—Mamá, no mimes tanto a Reni, que la vas a malcriar.
Amaya sonrió cálidamente y le dio unas palmaditas en la mano a Ximena. —Romeo y yo entendemos lo que ustedes y papá sienten. Al fin y al cabo, Romeo es su hijo, y la abuela está tan enferma... Nos daremos prisa.
Amaya comprendía sus sentimientos, así que aprovechó la oportunidad para expresar lo que pensaba.
Nunca antes había sido clara al respecto. De hecho, antes de casarse con Romeo, jamás había considerado la idea de tener otro hijo.
El trauma de quedar embarazada, dar a luz y vivir el posparto con su primera hija seguía doliéndole al recordarlo.
Aún recordaba que, al salir de la sala de partos, juró que no volvería a tener un hijo en su vida.
Pero ahora, el amor, la paciencia y la comprensión de la familia Ortega habían cambiado su forma de pensar.
Nadie sabía mejor que ella que, por muy bien que trataran a Reni, la niña no llevaba la sangre de los Ortega.
Era natural y comprensible que sus suegros desearan que ella les diera nietos para agrandar la familia.
Y ella nunca fue del tipo de mujer que acepta los sacrificios de los demás como algo garantizado.
Para ella, todo el amor que la familia Ortega les brindaba a Reni y a ella debía ser atesorado en su corazón y devuelto con creces. Solo así sería digna de tanto afecto.
En el fondo, Ximena estaba muy ansiosa por ese tema.
Aunque la salud de Luciana Guzmán no había empeorado gracias a los costosos medicamentos importados, su estado de ánimo era visiblemente peor y hasta había perdido el apetito.

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