Ver cómo Amaya resbalaba hacia el vacío casi le arranca el alma del cuerpo a Romeo.
Sus dedos se cerraron alrededor de su muñeca como tenazas de acero, con tanta fuerza que amenazaba con romperle los huesos.
Amaya temblaba de pánico, levantando el rostro rígido hacia él.
Estaba mareada, le dolía cada músculo del cuerpo y sentía que le quedaba apenas un hilo de vida. Su mente era un torbellino oscuro.
Romeo comenzó a maniobrar para desatar la gruesa soga que la inmovilizaba.
Tiraba de los nudos con desesperación, pero al mismo tiempo con un cuidado extremo para no lastimarla más.
Su respiración agitada golpeaba el rostro de ella, hasta que por fin sintió cómo la tensión cedía y las cuerdas cayeron al suelo.
Sus manos y piernas quedaron libres.
Aún en estado de shock, sin fuerzas para sostenerse sola, Amaya se desplomó contra el pecho de Romeo.
Alzó la vista y por fin pudo detallar su rostro.
Estaba destrozado. Tenía una herida abierta en la frente, y la sangre se mezclaba con el sudor sucio de su piel.
Esos ojos que siempre habían sido el reflejo de la tranquilidad, ahora desbordaban una mezcla de locura, alivio y devoción que ella jamás le había visto a nadie.
—Ro... Romeo...
Amaya se aferró a él con todas sus fuerzas. En ese instante, el único pensamiento que cruzó por su mente fue que agradecía a la vida poder verlo una última vez.
—No tengas miedo, Amaya. Estoy aquí.
—Vámonos, te voy a sacar de aquí. Nos largamos de este infierno.
Con las mandíbulas apretadas y las venas de los brazos a punto de reventar, Romeo la levantó del suelo.
Sus movimientos eran delicados, como si estuviera sosteniendo porcelana fina a punto de romperse, pero con un agarre firme e inquebrantable.
A un par de metros, Valerio, que se había golpeado la cabeza contra la represa, despertó aturdido.
Al ver que Romeo ya había liberado a Amaya y se preparaba para escapar, los ojos de Valerio se llenaron de celos enfermizos y un terror absoluto.
Ambos habían descubierto su doble vida. Conocían su verdadero rostro.

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