Amaya estaba inmersa en la felicidad de haber registrado por fin a su hija, y no notó para nada la llegada de Diego.
Ella y Camilo bromeaban, teniendo una plática muy ligera y divertida.
—Ami, ya que Reni está registrada contigo, ¿qué vas a hacer ahora? ¿De verdad te vas a divorciar de Diego?
—Sí, es un hecho.
—Diego tiene muchas cosas buenas, pero la manera en que te trata... Ay, ya ni hablemos de él. En fin, que sepas que estoy al cien por ciento de tu lado esta vez.
—Gracias, Camilo. De no ser por ti, registrar a Reni no hubiera sido tan fácil. Brindo con este té por ti.
Se escuchó el sonido de los vasos chocando, y enseguida Camilo, con su habitual tono burlón, bromeó:
—Pues cuando te divorcies, ¿por qué no me das una oportunidad? La verdad es que me gustas desde la preparatoria, pero nunca quisiste creerme.
Amaya se empezó a reír a carcajadas:
—¡Párale ahí! Camilo, no empieces con tus cosas. Ya perdí la cuenta de con cuántas chavas has andado todos estos años. Te lo advierto, ¡ni se te ocurra venir a confundir mis sentimientos!
Camilo soltó una carcajada también, pero de repente se puso muy serio:
—Ami, yo sé que soy medio mujeriego, pero te hablo en serio cuando te digo que de verdad quiero estar contigo para cuidarte y protegerte. Ni te imaginas cómo me temblaba el cuerpo cuando estaba afuera de la sala de partos el día que tuviste tu hemorragia, yo...
Camilo estaba a punto de ponerse emocional, pero Diego no soportó escuchar ni una palabra más.
Se levantó de golpe y en un abrir y cerrar de ojos ya estaba parado junto a Camilo.
Sin darle tiempo a reaccionar, Diego le soltó un fuerte puñetazo directo en el rabillo del ojo.
Camilo no se lo esperaba para nada y lo tomó totalmente desprevenido.
Cuando por fin reaccionó, vio a Diego parado frente a él, imponiendo respeto y lanzándole una mirada que helaba la sangre.
De inmediato soltó su sentencia:
—¡Lo sabía! ¡Te le estás insinuando a mi esposa!
Después de decir eso, Diego levantó el puño para golpearlo otra vez, pero Amaya le agarró la muñeca de inmediato:
—¡Suéltalo! ¡Diego!
—¿No te das cuenta de que Camilo y yo solo estábamos bromeando? ¿Acaso no nos oíste? Tú...
Amaya no pudo terminar la frase. Diego se dio la vuelta de repente y la encerró entre sus brazos.
Sin decir ni una sola palabra y con el rostro oscurecido de rabia, se agachó para echarse a Amaya al hombro y se la llevó cargando fuera del restaurante, sin titubear un segundo.
—¡Oye! ¡Diego! ¿Qué te pasa?
—¡Hablando se entiende la gente! Baja a Amaya. ¿Puedes respetarla y dejar de obligarla a hacer las cosas a la fuerza?
Camilo, tapándose el ojo derecho que ya le estaba quedando morado, corrió tras ellos.
Diego, que estaba parado junto a su coche, vio su delgada figura y sintió una pizca de remordimiento en la mirada; sacó una botella de agua de la cajuela y se la acercó.
Después de tomarla y enjuagarse la boca, Amaya le lanzó una mirada helada y, sin mediar palabra, chocó contra su hombro para abrirse paso y empezar a caminar hacia el arroyo vehicular.
Diego se asustó todavía más y de inmediato la agarró del brazo:
—¿Qué crees que estás haciendo? Hay muchísimos camiones de carga aquí. ¡Cruzar la calle así es peligroso!
Amaya lo miró fríamente:
—¡Cállate! ¡Estar contigo es más peligroso que cualquier camión!
Viendo que no podía razonar con ella, Diego simplemente le sujetó las manos con fuerza y la arrastró de regreso al coche.
Tras bloquear todos los seguros, tal vez asustado de que Amaya hiciera una tontería, terminó por jalar las medias que traía puestas para amarrarle las manos por detrás.
Amaya se quedó muda del coraje. No supo qué decir.
Diego soltó de forma mandona y distante:
—Temía que abrieras la puerta en el camino. Eso es muy peligroso, si no te mueres, quedarás con secuelas.
Amaya le dio vuelta a los ojos y se recostó en su asiento. Estaba demasiado agotada como para seguir peleando.
Diego volvió a arrancar el auto y, manteniendo una velocidad constante, la llevó de vuelta a Villa Jardín del Edén.

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