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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 875

Romeo era un hombre alto y de piernas largas. Aquella toalla, que le quedaría enorme a una mujer promedio, a duras penas lograba cubrirlo decentemente.

Sin embargo, el baño de agua helada había surtido efecto y su mente había vuelto a la calma.

Al estar de pie frente a Amaya, con el torso desnudo y apenas cubierto por la toalla, no parecía avergonzado. Al contrario, irradiaba una seguridad absoluta.

Tomó el secador y comenzó a pasarse la mano por el cabello húmedo.

Al notar que Amaya lo observaba como hechizada, le habló con un tono suave:

—Ami, ya terminé. Es tu turno.

—Te preparé la tina. Vi que tenías sales relajantes y pétalos de rosa, así que los agregué. Tómate tu tiempo y descansa.

Su voz sonaba tan natural que cualquiera pensaría que llevaban años de feliz matrimonio.

Amaya había sentido un leve golpe de nerviosismo al verlo salir así, pero la energía serena y protectora que él emanaba hizo que la ansiedad se esfumara al instante.

Como ya se había lavado el cabello la noche anterior, se lo recogió con una pinza y respondió en voz baja:

—Gracias. Voy a bañarme.

Empujó la puerta del baño y entró.

Al mirar hacia la tina, vio que estaba llena hasta el borde con agua espumosa, adornada con delicados pétalos de color rosa pálido.

El nivel de atención a los detalles de Romeo era de otro mundo.

No solo eso. Después de bañarse, había limpiado cada gota del piso, doblado cuidadosamente la toalla sucia y la había colocado exactamente dentro de la cesta de lavandería.

Todo lo que había tocado había vuelto exactamente a su lugar.

El baño brillaba de limpio; parecía que nadie lo hubiera usado en todo el día.

Además, había dejado unas pantuflas listas al pie de la tina, un gorro de ducha en la repisa, y se había tomado la molestia de secar los bordes de la bañera para que ella pudiera dejar su celular sin riesgo de mojarlo.

Amaya se quedó contemplando todo esto con los ojos llenos de lágrimas.

Durante los seis años que había vivido con Diego Muñoz, tuvo que recordarle ese tipo de cosas una y mil veces, y ni siquiera una sola vez lo hizo bien.

Si le reclamaba, él la tachaba de exagerada y controladora, diciendo que esas menudencias eran trabajo exclusivo de la empleada.

Pero para Romeo, la cortesía y la consideración eran algo grabado en su ADN. No hacía falta pedirle nada; él ya había anticipado y resuelto cada detalle.

Cuando uno es joven, suele creer que el amor lo es todo para que una relación funcione.

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