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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 878

Al otro lado de la línea, la voz de Marcos sonaba cargada de una urgencia y gravedad que jamás habían escuchado en él. Hablaba casi en un susurro:

—Sofi y yo seguimos a salvo por ahora. Como manejo los temas legales, la gente de Dante nos necesita. Sofi ha jugado sus cartas a la perfección y Valerio sigue confiando ciegamente en ella. Ya estamos metidos hasta el cuello en su círculo interno.

—El problema es que ya se dieron cuenta de que las autoridades les pisan los talones. Están preparándose para sacar los libros contables y desmantelar toda la red de lavado de dinero esta misma noche, antes de que caiga el operativo.

—No puedo seguir en la línea, me van a descubrir. ¡Tienen que mover sus contactos y hacer que las autoridades actúen de inmediato! ¡Si tardan un minuto más, esos malditos habrán desaparecido con toda la evidencia!

Al oír esto, los nudillos de Romeo se pusieron blancos de la fuerza con la que apretaba el teléfono.

Amaya, que ya estaba a su lado, cruzó una mirada de alarma con él y se acercó rápidamente al auricular.

—Marcos, ya entendimos la gravedad del asunto. Por lo que más quieras, cuídate la espalda y no te separes de Sofi. Tienen que salir de ahí enteros.

La voz de Marcos fue cortante pero segura.

—Descuida, sé lo que hago. Los dejo. Fin de la llamada.

Al cortarse la comunicación, ambos sabían que estaban contrarreloj.

Romeo marcó de inmediato el número de su tío Fernando Ortega y le explicó detalladamente la crisis.

Dada la emergencia, Amaya y Romeo se vistieron en tiempo récord y salieron de la casa acompañados de Camilo.

Como habían estado tomando vino, era arriesgado conducir, así que Camilo tuvo que ponerse al volante.

Mientras sacaba el coche de Residencial Monte Verde, Camilo los miró por el retrovisor, todavía algo confundido.

—Romeo, Ami... ¿Exactamente a dónde demonios vamos?

—Con todo respeto, nosotros no somos policías. ¿Qué se supone que vamos a hacer nosotros ahí en medio del caos?

—Tienes razón, no podemos arrestarlos —replicó Amaya, con la mente trabajando a mil por hora—, pero sí podemos encontrar la manera de retrasarlos.

Romeo escuchó a la mujer que amaba e intercambió una sonrisa de absoluta complicidad con ella.

—Ami, una vez más, leíste mis pensamientos.

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