—¡No tengo tiempo para tus estupideces! ¡Lárgate, infeliz!
El empujón fue tan violento que Amaya salió despedida hacia atrás, perdiendo el equilibrio y a punto de estrellarse contra el pavimento.
Gracias a Dios, Romeo tenía un ojo puesto en ella. Salió del combate cuerpo a cuerpo en una fracción de segundo y logró atraparla antes de que cayera.
—¡Acábenlos de una vez por todas! —rugió Valerio, fuera de sí.
Al instante siguiente, los guardias aprovecharon la distracción y comenzaron a descargar los bastones eléctricos contra la espalda de Romeo, uno tras otro.
Como tenía ambas manos ocupadas sosteniendo a Amaya, Romeo no pudo protegerse. Recibió varios golpes brutales que lo hicieron palidecer de puro dolor.
—¡Romeo!
Amaya gritó, horrorizada.
Romeo apretó la mandíbula para no gritar. Al ver que Valerio estaba a punto de escapar, bramó:
—¡Estoy bien! ¡Que no se suba a ese auto!
Pero Valerio ya estaba en el asiento del conductor.
Con el celular apretado contra la oreja, encendió el motor. Seguramente Dante le había dado la orden de abandonar a todos y salvar el pellejo.
El coche arrancó.
Valerio era la pieza maestra; el hombre que conocía todos los secretos de la red de lavado de dinero.
Si lograba huir y cruzar la frontera hacia Sudamérica, ¡las autoridades jamás lograrían desmantelar la organización!
Ignorando el dolor punzante en la espalda, Romeo corrió como una fiera, se abalanzó sobre el cofre del auto y se aferró al marco de la puerta del conductor con desesperación.
Pero Valerio aceleró sin piedad.
Romeo quedó colgando, con una mano aferrada al marco mientras sus piernas se arrastraban peligrosamente sobre el asfalto. ¡Un movimiento en falso y terminaría bajo las llantas!
Amaya se tapó la boca con ambas manos, sintiendo que el corazón se le detenía por completo.

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