Diego cerró los ojos para descansar unos minutos en la oficina. Estaba a punto de terminar su jornada para irse a casa y cenar tranquilo con Amaya.
Pero justo en ese momento entró otra llamada de Eva. Apenas contestó, se escuchó el grito desesperado de la mujer:
—¡Señor! ¡Paso algo gravísimo! ¡Los seis guardias están tirados en el piso, desmayados, y la señora ya no está!
A Diego le empezaron a punzar las sienes de inmediato:
—¡¿Qué estás diciendo?! ¡Voy para allá ahorita mismo!
Sin pensarlo dos veces, Diego salió corriendo de su oficina.
***
Por otro lado, Vera tuvo una recaída de su problema cardíaco y volvió a ser hospitalizada. Llevaba días en reposo hasta que por fin logró estabilizarse.
Lo primero que hizo al recuperar las fuerzas fue pagarle a unos malandros para que le dieran una golpiza a Sofía.
Decidió empezar por la mejor amiga para darle una buena lección a Amaya.
Al ver las fotos de Sofía con la cara deformada a golpes y cubierta de sangre, el corazón retorcido de Vera sintió una enorme satisfacción.
Estaba metida entre las sábanas aguantándose la risa cuando Josefa apareció en la puerta de la habitación con un termo de caldo de pollo.
Vera se llevó un susto, escondió el celular de volada, puso su clásica cara de víctima indefensa y la llamó con voz débil:
—Tía...
De inmediato, a Vera se le llenaron los ojos de lágrimas.
Al verla así, a Josefa se le partió el corazón y corrió a abrazarla con fuerza:
—¡Qué bueno que estás bien, Vera, me tenías con el Jesús en la boca! ¡Te juro que pensé que te perdía!
Vera soltó el llanto a mares:
—Tía, Amaya se pasó de la raya... ¡Lo único que quiere es hundirnos a Diego y a mí!
—Diego solo me hizo el favor de acompañarme a tener a mi bebé, ¿acaso eso es un crimen imperdonable? ¡Cómo es posible que nos ponga contra la espada y la pared de esta manera!
Josefa también empezó a llorar como Magdalena:
—¡Todo es culpa de esa cualquiera! —sollozó—. ¡Tú y Diego son inocentes! ¡Esa mujer es la mismísima mala suerte! Diego nunca debió haberse casado con ella.

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