Josefa estaba pálida del coraje y alzó aún más la voz:
—¿Qué quieres decir con eso? ¡Cómo que Vera pisoteó la dignidad de los Muñoz, si está claro que fue Amaya!
—¡Qué barbaridad, Leonor! ¡Te pones en contra nuestra y prefieres defender a una extraña en lugar de apoyar a tu prima!
Leonor tenía las manos en los bolsillos y una expresión helada. Medía casi un metro setenta, irradiaba una presencia imponente y miraba a Josefa desde arriba.
Su sola actitud intimidó por completo a Josefa, dejándola con un nudo en la garganta y sin saber qué decir por un instante.
—¡Es justo esa actitud tuya de tratar a Amaya como a una extraña lo que la ha llevado a este extremo! —replicó Leonor.
—Te llenas la boca diciendo que Vera no hizo nada malo y que Amaya tiene la culpa. A ver, te pregunto, ¿en qué se equivocó Amaya? ¿Su error fue darle una hija a los Muñoz? ¿Fue trabajar sin descanso los trescientos sesenta y cinco días del año para la empresa? ¿O su error fue ser demasiado buena contigo mientras tú te la pasabas imponiéndole reglas ridículas?
Josefa se quedó sin palabras.
Tuvieron que pasar varios segundos para que Josefa reaccionara. Miró a Leonor y murmuró de muy mal humor:
—¿Qué te pasa a ti ahora?
—Antes tú también odiabas a Amaya y pensabas que no era digna de Diego. ¿Por qué de repente la defiendes tanto?
Leonor le lanzó una mirada fulminante:
—Yo nunca odié a Amaya, simplemente creía que Diego no servía para estar casado. Y mira la situación actual, todo se fue al diablo, tal como pensé.
A Josefa no le hizo ninguna gracia escuchar eso y pegó el grito en el cielo:
—¡No digas tonterías! ¿Acaso tu hermano no la trató lo suficientemente bien? ¿Cuántas veces se peleó conmigo por defenderla? ¡Es esa mujer la que no supo valorarlo y hace puros berrinches! ¡Diego no tiene la culpa de nada!
Leonor soltó un suspiro de resignación:
—Con esa actitud tuya, si yo fuera ella, ¡habría armado un escándalo mucho peor!
—Cuando estaba dando a luz, el médico te preguntó a quién salvar. ¿Es cierto que respondiste que, si era niño, salvaran al bebé, pero que si era niña, las dejaras morir a las dos? Mamá, ¿es verdad eso?
Josefa palideció de golpe y lo negó por puro instinto:
—¡Q-quién... quién dijo eso! ¡Yo jamás dije semejante cosa!

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