Eliel ya era el informante que Romeo había infiltrado en el grupo de Dante. Su captura reciente fue gracias a muchas pistas internas que él le proporcionó en secreto.
Como el caso de Dante todavía se estaba manejando a puerta cerrada y no se había hecho público por completo, la identidad de Eliel permanecía oculta.
Aún seguía como matón en el antiguo grupo de Dante, pasando desapercibido.
Vera pensaba que se llevaba muy bien con Eliel, y como lo consideraba de su lado, le contaba todo sin reservas.
Pero nada más colgar la llamada con Vera, Eliel telefoneó inmediatamente a Romeo para contarle con todo lujo de detalles el plan de la mujer.
Después de explicarle la situación, Eliel se rio un poco.
—Señor Ortega, no se preocupe.
—Haré que alguien le dé un producto químico que parece ácido, pero que de ninguna manera les hará daño. Su seguridad está garantizada.
—De cualquier forma, tengan cuidado para que no se salga con la suya. Esa mujer anda bastante mal de la cabeza últimamente.
Romeo apretó los dedos levemente.
—Entendido.
Colgó la llamada y, por instinto, miró a Amaya, con un destello de frialdad en los ojos que rápidamente se transformó en resignación.
—Vera va a causar problemas de nuevo.
—Se volvió loca, hasta le pidió ácido a Eliel para atacarnos en la puerta del Registro Civil. Quiere arruinarnos el día.
Amaya tomó aire, sorprendida.
—¿Perdió por completo el sentido común? Si de verdad hace eso, su vida se habrá acabado para siempre.
—¿Será que no puede esperar para meterse a la cárcel y hacerle compañía a Josefa Ponce y Melina?
Romeo negó con la cabeza, con la mirada seria.
—Para alguien como ella que no conoce el arrepentimiento, a lo mejor estar encerrada es lo mejor para todos.
—De lo contrario, con esa personalidad destructiva suya, nadie sabe qué locura aún peor podría intentar después.
Amaya, al escuchar eso, no pudo evitar sentir cierta lástima.
—De verdad que nunca pensé que Vera, que tenía todo a su favor, echaría a perder su vida de esta forma.

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