Sonia apretó los dientes. El odio que sentía por Amaya había alcanzado su punto máximo.
Josefa entrecerró los ojos, y un brillo calculador asomó en su mirada:
—Si no saco las uñas, de verdad se van a creer que soy inofensiva.
—¿Te acuerdas de cómo nos unimos todos para acabar con Beatriz hace años?
Una sonrisa maliciosa apareció en el rostro de Sonia:
—¿Cómo olvidarlo? Todavía me acuerdo de cómo terminó, más muerta que viva. Es una imagen difícil de borrar.
—Pues sí —se burló Josefa—. Y Amaya... es de la misma calaña. De tal palo, tal astilla. No será difícil darle su merecido.
—Por eso siempre dije que a Diego le fallaba la cabeza —comentó Sonia—. ¡Había tantas señoritas de buena familia en Solsepia, y se tuvo que ir a fijar en ella! Es el colmo.
El tono de Sonia rebosaba de desprecio y repulsión hacia Amaya.
Las palabras de Sonia solo lograron enfurecer más a Josefa, quien estalló en rabia:
—¡Ni me digas! ¡De solo acordarme me hierve la sangre! ¡Hasta la fecha no entiendo qué clase de brujería usó para enredar a Diego! ¡Es igual de manipuladora que la víbora de su madre! ¡Hay que bajarle los humos y destruirla por completo!
Sentada en su silla de ruedas, Vera había estado escuchando atentamente el intercambio de palabras y captó varios detalles jugosos.
Aunque no sabía exactamente qué le habían hecho a la madre de Amaya, el simple tono de la conversación la llenaba de una satisfacción extraña y retorcida.
Hasta hace poco, enfrentarse ella sola a Amaya había resultado ser una tarea agotadora.
Pero ahora, con su madre y su tía apoyándola, ni siquiera tendría que ensuciarse las manos; ya tenía a alguien que peleara sus batallas.
Vera no pudo evitar sonreír para sus adentros. Se moría de ganas por saber qué había pasado en aquel entonces, y le urgía aún más ver a Amaya arrastrándose por los suelos.
***
En la habitación VIP privada del hospital.
Sofía abrió los ojos lentamente. Amaya se apresuró a tomarle la mano, con la voz quebrada por el dolor:
—Sofi... al fin despertaste. ¿Se te antoja algo de comer? Yo... te preparé el caldo de pollo que tanto te gusta. ¿Quieres un poquito?
Apenas logró terminar la frase, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas sin que pudiera detenerlas.

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