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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 94

Sonia apretó los dientes. El odio que sentía por Amaya había alcanzado su punto máximo.

Josefa entrecerró los ojos, y un brillo calculador asomó en su mirada:

—Si no saco las uñas, de verdad se van a creer que soy inofensiva.

—¿Te acuerdas de cómo nos unimos todos para acabar con Beatriz hace años?

Una sonrisa maliciosa apareció en el rostro de Sonia:

—¿Cómo olvidarlo? Todavía me acuerdo de cómo terminó, más muerta que viva. Es una imagen difícil de borrar.

—Pues sí —se burló Josefa—. Y Amaya... es de la misma calaña. De tal palo, tal astilla. No será difícil darle su merecido.

—Por eso siempre dije que a Diego le fallaba la cabeza —comentó Sonia—. ¡Había tantas señoritas de buena familia en Solsepia, y se tuvo que ir a fijar en ella! Es el colmo.

El tono de Sonia rebosaba de desprecio y repulsión hacia Amaya.

Las palabras de Sonia solo lograron enfurecer más a Josefa, quien estalló en rabia:

—¡Ni me digas! ¡De solo acordarme me hierve la sangre! ¡Hasta la fecha no entiendo qué clase de brujería usó para enredar a Diego! ¡Es igual de manipuladora que la víbora de su madre! ¡Hay que bajarle los humos y destruirla por completo!

Sentada en su silla de ruedas, Vera había estado escuchando atentamente el intercambio de palabras y captó varios detalles jugosos.

Aunque no sabía exactamente qué le habían hecho a la madre de Amaya, el simple tono de la conversación la llenaba de una satisfacción extraña y retorcida.

Hasta hace poco, enfrentarse ella sola a Amaya había resultado ser una tarea agotadora.

Pero ahora, con su madre y su tía apoyándola, ni siquiera tendría que ensuciarse las manos; ya tenía a alguien que peleara sus batallas.

Vera no pudo evitar sonreír para sus adentros. Se moría de ganas por saber qué había pasado en aquel entonces, y le urgía aún más ver a Amaya arrastrándose por los suelos.

***

En la habitación VIP privada del hospital.

Sofía abrió los ojos lentamente. Amaya se apresuró a tomarle la mano, con la voz quebrada por el dolor:

—Sofi... al fin despertaste. ¿Se te antoja algo de comer? Yo... te preparé el caldo de pollo que tanto te gusta. ¿Quieres un poquito?

Apenas logró terminar la frase, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas sin que pudiera detenerlas.

Amaya bajó la mirada, manteniéndose completamente calmada:

—No tengo por qué dudar. Además, también le pedí que le prendiera fuego a Villa Jardín del Edén.

—¿Qué? Pero... ¡esa es tu casa con Diego! ¿También la vas a quemar?

—Tal vez debió arder hace mucho tiempo. Es la única forma de que Diego entienda que hablo completamente en serio.

Amaya pronunció cada palabra con firmeza, con una expresión neutra y una tranquilidad asombrosa, como si estuviera hablando del clima.

Pero lo que Sofía no sabía era que, mientras ella estaba inconsciente, Amaya había apretado los puños tantas veces, soltándolos y volviéndolos a apretar hasta que le dolían las manos... solo para poder alcanzar esa aparente calma.

Sofía se quedó mirando a su amiga en silencio durante un buen rato.

Tenía la misma cara, los mismos rasgos bonitos de siempre, pero le daba la impresión de que su amiga estaba rota por dentro. Totalmente destrozada.

Esa misma noche.

El cielo nocturno de Solsepia se iluminó de un rojo intenso, cortesía de dos enormes incendios que se alzaban a lo lejos...

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