Por supuesto, Hugo no permitió que se reunieran.
La excusa fue que Vera le había comentado que el regalo que estaba preparando para su suegra aún no estaba listo.
Aunque había comprado muchas cosas en la subasta, ninguna le pareció adecuada para Doña Leonor.
Hugo obedecía a Vera en todo, así que rechazó la invitación en su nombre.
Pero cuanto más lo pensaba Doña Leonor, más intranquila se sentía. Finalmente, decidió investigar los movimientos de Vera por su cuenta.
Y lo cierto es que Vera había estado sumamente ocupada esos dos días.
Desde que salió a la luz que era la discípula y compañera de Mateo Castillo, muchos en la alta sociedad intentaban invitarla a cenar para ganarse el favor del Consorcio Castillo.
Entre ellos, la familia Ayala.
—Vera, hija... sé que hubo muchos malentendidos entre nosotros. Tu madre y yo no sabíamos lo difícil que fue tu vida afuera, y desde que volviste has pasado por muchos malos ratos. Queremos pedirte perdón.
En el reservado del restaurante, Nicanor Ayala fue el primero en romper el hielo.
Vera hizo girar su copa de vino y, de reojo, notó la expresión agria de Ofelia. Esbozó una sonrisa irónica.
—¿De qué hablas, Nicanor? Como ustedes mismos dijeron antes, la familia Ayala me hizo un favor al criarme. Soportar unas cuantas injusticias no es nada.
Lo dijo a propósito y, como esperaba, Ofelia apretó los dientes, fúrica.
La sonrisa de Vera se ensanchó, lo que colmó la paciencia de Santiago Ayala.
—¿Qué pasa con esa actitud? Nuestros padres se están disculpando contigo, ¿te parece motivo de burla?
Santiago adoraba a su hermana menor. Ver a su padre favorecer tan descaradamente a Vera seguramente estaba destrozando el corazón de Ofelia.
Vera ladeó la cabeza.
—¿Debería ponerme a llorar, entonces? —Señaló a Ofelia con la barbilla—. ¿Como ella?
Ofelia ya tenía los ojos llorosos. Al notar que todos la miraban, se mordió el labio y dejó escapar un sollozo.
—Yo... yo solo sufro por papá. Hace poco Vera lo mandó a los separos de la policía, y ahora él tiene que rebajarse a pedirle perdón.
Los ojos de Nicanor parpadearon. Por supuesto que él también estaba furioso por dentro.
Pero los contactos de Vera eran inmensos. No solo era cercana al Linaje Montenegro, sino que su posición dentro del Consorcio Castillo era extraordinaria.
Si lograba que volviera a la familia Ayala, serían invencibles.
Por eso, se tragó el orgullo y actuó como si nada de lo pasado hubiera ocurrido.
—¿Qué familia no tiene peleas de vez en cuando? Sé que te preocupas por mí, mi niña, pero dejemos el pasado atrás —consoló Nicanor a Ofelia, y luego miró a Vera—. ¿No te parece, Vera?
—Claro. Hacer negocios no es motivo de vergüenza.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós al Compromiso, la Falsa Heredera contraataca