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Adiós al Compromiso, la Falsa Heredera contraataca romance Capítulo 117

Y no era mentira, Vera realmente se había desmayado.

Cuando Sebastián ayudó a Hugo a regresar a la villa, Mateo Castillo estaba sentado al borde de la cama montando guardia. Vera dormía profundamente con una vía intravenosa en el brazo.

Mateo estaba listo para exigirle explicaciones a Hugo, pero cuando lo vio entrar cojeando y necesitando que lo cargaran casi a cuestas para subir las escaleras, la furia que sentía se esfumó.

—¿Y a ti qué te pasó? —preguntó Mateo.

Hugo apretó los labios y no respondió. No quería divulgar los asuntos internos de su familia.

Mateo soltó una risa seca y le hizo un gesto a Sebastián para que se retirara.

Hugo se sentó con mucha dificultad, manteniéndose en silencio.

Mateo cerró la puerta a sus espaldas y dijo con frialdad:

—Ya que no quieres hablar, no voy a insistir. Lo tomaré como que nunca consideraste a Vera tu esposa, ni a los Castillo como tu familia política.

Los labios de Hugo temblaron. Realmente sentía que era demasiado humillante contarlo.

—Ya preparé todo. La mandaré fuera del país lo más rápido posible. Para los Castillo, tramitar su divorcio será pan comido.

Al escuchar eso, el rostro de Hugo finalmente mostró pánico.

Pero Mateo no le dio la oportunidad de explicarse, se dio la vuelta y abrió la puerta para irse.

—Mateo...

Hugo intentó levantarse de golpe para alcanzarlo mientras lo llamaba, pero sus heridas eran demasiado graves. Apenas hizo el esfuerzo, un dolor punzante lo dejó sin aire.

Cuando Mateo abrió la puerta, se encontró con alguien bloqueándole el paso.

—Señor... Señor Castillo...

Sebastián, que estaba escuchando a escondidas, fue atrapado infraganti. Miró a su jefe, que sudaba frío por el dolor, y por primera vez decidió desobedecerlo.

—Déjeme explicarle. Incluso si quiere llevarse a la señora, al menos debería saber los motivos. Así, si la señora pregunta algún día, usted sabrá qué responderle, ¿no le parece?

Mateo clavó la mirada en el asistente con curiosidad, miró de reojo a Hugo y arqueó una ceja.

—Habla.

—No es que al joven Hugo no le importe la señora. Es que le aplicaron el castigo tradicional del clan. Fue un castigo tan brutal que recién hoy pudo levantarse de la cama.

Mateo se giró para mirar a Hugo. Si lo habían castigado así, seguramente tenía que ver con el infarto de Don Germán.

Si se trataba de un secreto familiar, no le correspondía indagar.

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