¿Ah? —Hugo se quedó atónito ante el comentario, y sus orejas se pusieron rojas de inmediato. Hundió la cara en la almohada.
¿Acaso Vera se había dado cuenta de lo que él sentía?
No podía ser.
Lo había disimulado perfectamente, ¿o de verdad había sido tan evidente intentando seducirla?
Creyendo que lo habían descubierto, Hugo hundió la cabeza aún más, sin atreverse a decir una palabra.
Sin embargo, Vera interpretó su silencio como una confesión. Se quedó callada durante largo rato, hasta que finalmente agarró la manta y la tiró a un lado.
—Acaban de ponerte la pomada, no puedes asfixiar las heridas.
Se sentó en la silla que antes ocupaba Mateo. En su mente seguía reproduciéndose la imagen de Hugo regalándole flores a esa otra mujer.
¿Pero a ella qué le importaba si él le regalaba flores a alguien más?
Vera cambió de postura, inquieta. Hugo notó que algo andaba mal con su estado de ánimo e intentó incorporarse para mirarla.
—No te muevas —dijo ella con voz fría, evidenciando su molestia.
Hugo apretó los labios.
—¿Alguien te buscó problemas estos días?
Vera no quería hablar. Sentía que enojarse por un simple ramo de flores era hacer una tormenta en un vaso de agua.
Además, habían dejado claro que esto era solo un acuerdo de negocios. Sentir ese nivel de celos y posesividad no tenía sentido.
—Solo estoy cansada del trabajo en el laboratorio.
Vera se puso de pie.
—Descansa.
Hugo soltó un «ajá» ahogado. Vera salió de la habitación y cerró la puerta a sus espaldas.
Bajó directamente las escaleras y le cerró el paso a Sebastián, que apenas regresaba de despedir a Mateo.
—¿Qué le pasó en la espalda?
Sebastián se tensó. Podía contarle los detalles a Mateo, pero no se atrevía a decírselo a ella.
Después de todo, Mateo no conocía la frágil dinámica que existía entre su jefe y su esposa.
Si le decía la verdad y a Vera no le importaba en lo más mínimo, el dolor de los latigazos no sería nada comparado con cómo se le destrozaría el corazón al joven Hugo.
Y si a Vera sí le importaba, pero decidía que lo mejor era aceptar el divorcio, su jefe terminaría aún más roto.
—Verá, es que...
Sebastián sudaba frío, sin saber por dónde empezar.
La mirada de Vera se volvió sombría. ¿Sería por culpa de que ella no se presentó en el hospital?
Recordaba haber escuchado a Patricio mencionar alguna vez que los Heredia eran extremadamente estrictos con las reglas de la familia.

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