El grito de Don Germán resonó por toda la mansión, haciendo que todos los presentes salieran a ver qué ocurría.
—¿Vera? ¿Qué haces aquí? —Doña Leonor la miró con evidente desagrado. Si no fuera por ella, a su hijo no lo habrían dejado al borde de la muerte a punta de latigazos.
No entendía qué le había dado a Hugo para negarse rotundamente a divorciarse de ella.
Sin inmutarse, Vera respondió con calma:
—Vine a entregarle algo al abuelo.
—Ja, ¿hasta ahora se te ocurre traer regalos? ¿Dónde estabas cuando el abuelo agonizaba en el hospital? Ni te presentaste, ni enviaste un mensaje.
Ofelia escupió las palabras con burla.
Vera le lanzó una mirada gélida. Antes de que pudiera contestar, Patricio se paró frente a ella.
—Lárgate ya. Si vuelves a enfermar al abuelo de un coraje, te juro que te vas a arrepentir.
—El abuelo no volverá a tener recaídas.
La voz de Vera fue suave pero firme. Ella misma había elaborado el plan de tratamiento, ajustando cada detalle durante una semana entera basándose en los cambios más ínfimos de su organismo. A menos que el anciano sufriera un ataque de ira colosal, a corto plazo su salud no correría peligro.
Ofelia soltó una carcajada sarcástica.
—¿Y tú qué vas a saber? No creas que porque trabajaste un tiempo en CFT Global ya eres una eminencia médica. Ni siquiera los especialistas del Hospital Metropolitano se atreven a asegurar algo así, ¿cómo tienes el descaro de decirlo?
Vera no tenía ganas de discutir. Aunque se lo explicara, Ofelia no iba a entender.
Dirigió su mirada directamente a Don Germán y le hizo una leve reverencia.
—Fue un error de mi parte no ir a visitarlo al hospital. Hoy vine exclusivamente para ofrecerle mis disculpas.
El día que Vera vio a Hugo regalándole flores a otra mujer, el coraje la cegó por completo y ni por un segundo pensó en presentarse ante los Heredia para mostrar respeto o preocupación.
Se le había olvidado que, como la esposa del heredero principal, su asistencia era innegociable. Después de pasar seis años en el extranjero, las reglas de cortesía y las obligaciones sociales de su país natal se le habían esfumado de la memoria.
—Nunca en mi vida había visto a alguien venir a pedir perdón con las manos vacías —volvió a intervenir Ofelia con tono venenoso—. Más te vale que no hayas venido con excusas de disculpas solo para hacernos algún daño.
Al escuchar la palabra «daño», Doña Leonor frunció el ceño.
Pasara lo que pasara, Vera seguía siendo la esposa de Hugo. Que Ofelia la pisoteara en público era igual a pisotear el honor de su propio hijo.
—Vera ha vivido muchos años en el extranjero, es normal que se le pasen estas formalidades. De ahí a venir a hacernos daño hay un trecho muy largo. Ofelia, cuida tu lengua.
Doña Leonor le lanzó una advertencia clara a Ofelia, y luego se dirigió a Vera:
El semblante de Don Germán se suavizó. Al ver que no había venido solo a dar la cara vacía, su molestia se disipó un poco.
Ofelia, que no tenía la menor idea de qué era un CTA, pensó que Vera solo estaba soltando nombres raros para impresionar.
—¿CFT? ¿CTA? Suena muy rimbombante y todo, pero, ¿qué? ¿Crees que la familia Heredia no tiene dinero para comprar máquinas o que el Hospital Metropolitano no las tiene? ¿Por qué tendrías que traer una hasta acá? Qué poco concepto tienes de nuestra familia.
Apenas Ofelia terminó de hablar, unas personas que acababan de cruzar la puerta intervinieron, emocionados:
—Ahí se equivoca, señorita. El equipo experimental de CFT Global es la tecnología más avanzada que existe en el mundo. Cuando el Consorcio Castillo anunció que esta máquina había sido fabricada en nuestro país, causó un revuelo mundial. Afuera, se pelearon a muerte por quedarse con la patente.
»Al final, cuando los Castillo declararon que todas sus innovaciones pertenecían exclusivamente a nuestro país, las altas esferas estaban tan felices que les otorgaron una medalla de honor.
El especialista encargado de Don Germán entró a la sala. No podía apartar los ojos de Vera, mirándola con total admiración.
—Conque usted es la esposa del joven Hugo. Don Germán es un hombre muy afortunado.
Vera asintió con cortesía. El halago le sentó de maravilla a Don Germán, y su rostro se tornó aún más amable.
Ofelia sentía que se volvía loca de rabia. Chilló desesperada:
—¡Seguro se hace la salvadora ahora! Cuando el abuelo estaba mal no asomó la nariz, y ahora que ya se curó, saca esta maquinita. ¡Quién sabe qué intenciones ocultas tenga!

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