Por supuesto, Hugo Heredia estaba de acuerdo. Aunque sabía que Vera lo hacía por mantener las apariencias entre las familias, le alegraba inmensamente. Era algo que deseaba con locura.
Eso significaba que, mientras Vera Ayala no anunciara el fin de su trato, él seguiría siendo, al menos públicamente, su único hombre.
Sin embargo, esa misma noche, después de salir de la ducha, Vera se sintió completamente incómoda.
Solo había una cama matrimonial en la habitación de arriba. ¿De verdad tendría que dormir junto a Hugo?
Se quedó dudando en la puerta, incapaz de entrar. Hasta que Hugo salió del otro baño y la vio parada ahí, con el cabello aún húmedo. El corazón le dio un vuelco al verla.
Mientras Vera seguía debatiéndose internamente, al segundo siguiente sintió que sus pies dejaban el suelo. Hugo la había levantado en brazos.
Por instinto, ella se aferró a sus hombros. Al abrir los ojos, lo primero que vio fue la atractiva línea de su garganta y ese rostro excesivamente cautivador.
—Hugo, tú...
—Cumplo con mi deber. Si te enfermas, tu hermano me culpará.
Hugo sacó la secadora de la maleta con total naturalidad, se paró detrás de ella y comenzó a pasar los dedos entre sus largos mechones.
Cada movimiento era tan suave y cuidadoso, como si fuera un caballero protegiendo a su más preciada princesa.
Vera apretó los labios. Apenas empezaba a acostumbrarse a la extraña atmósfera cuando sintió que su cabello ya estaba casi seco.
Luego, Hugo buscó el aceite capilar, lo frotó en sus palmas y lo aplicó con dedicación en las puntas.
—¿Cómo sabías que uso este aceite después de secarme el cabello? —preguntó Vera, viéndolo tan experto a través del espejo, con una mirada llena de sospecha.
En el rostro sereno de Hugo asomó un toque de orgullo, como si esperara un halago.
—Cada vez que sales de bañarte hueles delicioso. Así que, cuando empacaba tus cosas, abrí cada frasco para olerlo y asegurarme de no equivocarme.
Vera se sorprendió por su nivel de detalle, y aún más por el tono orgulloso con el que lo dijo.
Pero pronto no tuvo tiempo de pensar más en ello.
Hugo apagó la luz. Ella se acostó rígida en la cama, moviéndose poco a poco hasta quedar al borde del colchón.
Dormir en la misma cama con otra persona se sentía realmente extraño.
Con mucho esfuerzo, Vera logró acomodarse en la orilla, pero entonces sintió un brazo rodear su cintura y tirar de ella hacia el centro.
—Hugo...

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