La información de Hugo no era muy extensa, pero para Vera era vital.
—¿Dices que Nicanor y Paula fueron novios en la universidad?
Vera estaba boquiabierta.
Hugo asintió.
—Casualmente tenemos contacto con un profesor de esa universidad que se graduó en la misma generación. Aunque no se saben todos los detalles, en aquel entonces su relación no era ningún secreto en el campus.
Vera frunció el ceño y se sentó al borde de la cama. Si eso era cierto, todo se volvía muchísimo más retorcido.
Bajo esas circunstancias, la pregunta clave era: ¿por qué Pandora Jiménez había viajado a San Miguel en la etapa final de su embarazo?
Vera le dio vueltas al asunto hasta la madrugada. A la mañana siguiente, cuando despertó, Hugo ya no estaba en la casa.
Solo le había dejado un mensaje en el celular:
[Para no distraer a tu hermano en la carrera, renté un bar cerca del circuito que transmite en vivo. Pasaré por ti cuando todo termine.]
Hugo sabía perfectamente que a Rodrigo no le agradaba.
En cualquier otro momento habría buscado mil formas de estar con Vera, pero no quería que su presencia pusiera nervioso a Rodrigo.
Después de todo, era una carrera de autos a alta velocidad. Cualquier error podía ser fatal.
Vera sonrió al leer el mensaje. Ya se imaginaba por qué lo había hecho.
Hugo seguía siendo el mismo hombre detallista de siempre.
Cuando Rodrigo fue a buscarla, se encontró a su hermana sonriéndole a la pantalla del teléfono.
Frunció el ceño de inmediato. Esa cara de boba enamorada parecía muy real.
—No confíes tanto. En la familia Heredia no hay gente decente —bufó Rodrigo, recargándose en el marco de la puerta.
Vera salió de su trance, guardó el teléfono y lo miró.
—Hugo no es como Patricio.
Caminó hacia la puerta y, al pasar por su lado, le lanzó una mirada pícara.
—Además, ¿no crees que Hugo hace mejor pareja conmigo?
Hugo la entendía y la respetaba. Era infinitamente superior a Patricio.
—Supongo —masculló Rodrigo, rodando los ojos. Al darse cuenta de que su hermana no era ninguna víctima en esa relación, decidió dejar de meterse.
Ya habían firmado los papeles. ¿Qué más daba?
—De todos modos, ya estoy en el país. Haz lo que se te dé la gana, yo me encargo de cubrirte las espaldas.
La declaración de su hermano hizo que Vera soltara un suspiro de alivio absoluto.
Ayer no le había prestado atención al rostro de aquel hombre, jamás imaginó que se trataba de su ídolo, la leyenda absoluta del automovilismo internacional.
Rodrigo sonrió con arrogancia, mostrando su característico colmillo. En su rostro, que tenía un aire casi infantil, se pintó una expresión de superioridad que contrastaba con su apariencia.
—Hoy vino mi hermanita a echarme porras. Más les vale tener cuidado, porque el primer lugar es mío.
A diferencia del grito de Ofelia de hace un momento, ninguno de los pilotos lo miró con desdén. Todos estaban fascinados y llenos de admiración.
En el mundo del automovilismo, era imposible no adorar a Rodrigo Rossi. Era el único piloto que había arrasado con los campeonatos internacionales más prestigiosos.
Su nivel estaba fuera de este mundo.
Rodrigo miró a Santiago, levantando la comisura de los labios.
—Oye, no olvides nuestra apuesta. Ve pensando en cómo vas a pedir perdón.
El cuerpo de Santiago se tensó y apretó los puños con frustración.
¿Cómo carajos no se dio cuenta ayer de que era su mayor ídolo? Y para colmo, lo retó y apostó contra él.
Ofelia, que no entendía nada del mundo de las carreras, ni siquiera sabía quién era Rodrigo.
Pensando que solo era un matón contratado por Vera, se burló:
—¿Crees que por traer a cualquier payaso vas a ganarle a mi hermano? Pero bueno, si quieres rendirte, te doy una oportunidad. Ruégame un poco y tal vez convenza a Santiago de cancelar la apuesta.

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