La mirada de Hugo se volvió sombría y la temperatura en la habitación pareció descender.
Rodrigo tampoco se quedó atrás. Ambos se enfrascaron en una guerra de miradas silenciosa, ninguno dispuesto a ceder un milímetro.
—Hermano, me gusta Hugo.
De pronto, Vera tomó a Hugo del brazo. Se mordió el labio, actuando con timidez.
—Yo lo obligué a casarse.
Rodrigo se quedó petrificado.
¿Qué acababa de escuchar?
Hugo también dudó de sus propios oídos. Detrás de su rostro inexpresivo, una tormenta de emociones y alegría se desató en su mente.
¿Vera había dicho que le gustaba?
Aunque lo más probable era que fuera una mentira para engañar a Rodrigo, escuchar esas palabras fue música para sus oídos.
Hugo hizo un esfuerzo sobrehumano por no sonreír, intentando seguirle la corriente.
—¿Tienes idea de lo que estás diciendo? —Rodrigo la miró con recelo y un toque de indignación.
¿Acaso...?
—Hermano, ¿no tienes una carrera mañana? Hice una apuesta con Santiago. Si tú pierdes, seré yo la que pase vergüenza —Vera infló las mejillas y tiró del brazo de Rodrigo—. Así que esta noche tienes que descansar muy bien.
Al recordarle la apuesta, Rodrigo suspiró, mezclando frustración y cariño.
—Ya entendí. Tranquila, no voy a perder.
Rodrigo se instaló en la habitación que originalmente era para Mateo y se fue directo a dormir. Necesitaba ajustarse al cambio de horario para estar en su mejor forma en la carrera.
Vera observó la puerta cerrada y dejó escapar un largo suspiro de alivio.
—Lo siento —dijo Hugo de pronto.
Vera volteó, sin entender a qué se refería. Sonrió levemente.
—Soy yo la que debería pedir perdón. Mi hermano no tiene nada en tu contra, solo quiere protegerme. No te lo tomes a pecho.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós al Compromiso, la Falsa Heredera contraataca