Al escuchar esas dos palabras, la mente de Hugo Heredia zumbó por completo.
Ni siquiera prestó atención al resto de lo que ella dijo.
Ese «Mi amor» hizo que a Hugo le fuera imposible ocultar la sonrisa y respondió casi de inmediato.
—Mmm.
Vera Ayala se apartó ligeramente y quitó sus manos de las de Hugo.
—Ponme la ropa.
¿Eh?
Hugo aún seguía algo aturdido y la miró desconcertado.
Al ver la sonrisa pícara de Vera, por fin se dio cuenta: había caído en su trampa de seducción.
—Tú...
Hugo quiso reclamarle, pero las palabras murieron en un suspiro.
Vera sabía perfectamente cómo manipularlo.
—No vuelvas a hacer eso.
Vera mostró una pequeña sonrisa triunfal. Aunque no sabía si el eso que mencionaba Hugo se refería a vestirse antes de tiempo desobedeciendo a la enfermera o a llamarlo mi amor, ¿qué más daba?
Había logrado su objetivo.
Ni ella misma imaginó que sería tan fácil convencer a Hugo con unas pocas palabras.
Él le puso la camisa con sumo cuidado. Justo antes de que Vera intentara bajar de la cama, él se adelantó y la tomó en brazos.
—La silla de ruedas está afuera. Mateo fue muy claro: tu pie no debe tocar el piso.
Para evitar lastimarle el hombro, la forma en que la cargaba parecía más bien como si ella estuviera sentada sobre su brazo.
Vera, algo nerviosa, se aferró a su cuello.
—¿Podrías al menos preguntar primero por su salud? —le reprochó Diego.
Santiago apretó los labios. En el camino, sí se había preocupado por Vera, pero al verla, ¿acaso no parecía estar bien?
Sin embargo, los amigos de Renata estaban en otra situación. Además...
—Ofelia ya le prometió a Renata que sacaría a sus amigos de ahí. Si no lo logra, ella... ella...
Vera lo miró con una sonrisa cargada de sarcasmo, hasta que Santiago, avergonzado, se quedó sin palabras y ella rompió el silencio con calma:
—Ella quedará en ridículo, ¿verdad?
Vera lo escudriñaba con la mirada. Santiago sabía que estaba cruzando la línea, pero al pensar que Ofelia se había jactado delante de tanta gente de que liberaría a esas personas, no le quedó otra que tragarse el orgullo y suplicarle a Vera.
—Hablando de eso, debería darte las gracias. Si no me hubieras dejado botada en la montaña antier y obligado a caminar tanto tiempo, no habría memorizado la ruta de esos cerros. Te debo la vida. Gracias por no haberme dejado morir ahí.
Las palabras de Vera hicieron que Santiago quisiera desaparecer, y Diego apretó los dientes con furia.
—Santiago, ¿acaso eres un monstruo?

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