Santiago Ayala bajó la mirada; realmente se sintió humillado.
Vera Ayala estaba sentada en la silla de ruedas e hizo el amago de cruzar la pierna, pero Hugo Heredia se agachó de inmediato y le sujetó la rodilla con la mano.
—Es inútil que me supliques a mí. Mateo me ordenó que no salga del hospital por estos días. No me estoy encargando del asunto del secuestro; hasta ahora ni siquiera ha venido la policía a interrogarme. Así que ya te imaginarás, ¿no?
Al ser la víctima y no haber sido contactada por nadie, quedaba claro que ella no estaba moviendo un dedo y, lo que era peor para ellos, ni siquiera era necesario que lo hiciera.
Santiago captó el mensaje y la miró tímidamente.
—Entonces... cuídate y descansa.
Tras soltar eso, se retiró de inmediato.
Al ver salir a Santiago, Diego Jiménez sintió que él tampoco debía incomodarla más.
Estuvo a punto de despedirse cuando Vera se adelantó.
—Primo, recuerdo que en San Miguel había un hospital llamado San Rafael, ¿verdad? Uno bastante antiguo.
No fue una pregunta directa, sino una forma sutil de sacar información.
No quería que Diego sospechara y terminara contándoselo a los Ayala.
Diego no le dio muchas vueltas. Hizo memoria y respondió:
—El Hospital San Rafael... ¿Acaso no fue donde llevaron a mi tía de urgencias tras su accidente? ¿Por qué la pregunta de repente?
El corazón de Vera dio un vuelco. Sí, tenía todo que ver con el intercambio de bebés.
—Por nada importante. Es solo que hace unos días una practicante mencionó que su familia trabajó en ese hospital. Traté de buscar información y no encontré mucho, así que me entró la curiosidad.
Vera mintió sin que le temblara el pulso.
Diego asintió.
—Tiene sentido. Ese hospital cerró inesperadamente hace varios años. La mayoría de los médicos y enfermeras se trasladaron a un nuevo hospital privado llamado Clínica San Damián.
Vera guardó el nombre en su memoria.
—Vera, sé que con mi posición actual no debería hacerte tantas preguntas, pero...
A Diego le importaba de corazón Vera. Cuando supo de su accidente, se había angustiado muchísimo y había corrido a verla sin detenerse.
Pero también entendía que no era que la familia Ayala la hubiera rechazado, sino que ella había cortado lazos con ellos. Por ende, como primo, sentía que no tenía el derecho de inmiscuirse.


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