Después de pensarlo toda la noche, Vera decidió aceptar la propuesta y asociarse con Hugo Heredia.
—Creí que te tomaría más tiempo decidirte.
Hugo llegó con los contratos en mano, incapaz de ocultar la sonrisa en sus ojos.
Vera fue directa:
—De todos modos no pensaba conservar mis acciones en la fábrica de la familia Jiménez. Si la planta asociada a CFT es mía, tendré el control total y me quedaré más tranquila.
—¿Ya no te interesan esas acciones? —preguntó Hugo, curioso.
Vera alzó una ceja. La última vez que visitó la planta, aprovechando el retraso del vuelo de Alfredo, había exigido los libros contables apelando a su posición como accionista mayoritaria.
Le bastó una revisión rápida para darse cuenta de que la fábrica estaba perdiendo dinero a raudales e incluso sospechó que tenían una deuda millonaria por evasión de impuestos.
Sin embargo, no creyó necesario compartir esa información con Hugo. Al fin y al cabo, era un problema de los Ayala.
—Si no quieres contarlo, no hay problema. Tengo varios terrenos libres que son perfectos para construir una planta farmacéutica. ¿Te gustaría ir a verlos? —Hugo cambió de tema hábilmente.
Vera negó con la cabeza.
—Deja que los especialistas de CFT se encarguen de evaluar los terrenos. Tengo otros asuntos que atender.
Firmó los contratos y se despidió. Hugo se quedó mirando su elegante firma en el papel, con los ojos brillando de satisfacción.
—Ordena una investigación discreta sobre la situación financiera de la planta de la familia Jiménez. No quiero que se haga público por ahora.
Hugo se puso de pie y, justo antes de colgar la llamada con su asistente, agregó algo importante:
—Contrata a los mejores arquitectos del país. A ella le gustan las cosas hermosas, así que asegúrate de que la planta tenga un diseño espectacular, moderno y lleno de luz.
Al otro lado de la línea, el asistente no pudo evitar torcer los labios.
«Ni que la señorita Ayala fuera a vivir ahí. Si fuera una mansión, lo entendería, ¡pero es una fábrica!»
Vera delegó por completo la construcción de la planta a su equipo de confianza para que se coordinaran con la corporación de Hugo. Simultáneamente, CFT hizo el anuncio oficial de que cancelaba la licitación.
Como era de esperarse, fue convocada de inmediato a la mansión de los Ayala.
—¡¿Qué diablos pasó?! ¿Por qué CFT canceló la licitación de la nada? ¿Van a construir su propia planta? —Nicanor Ayala caminaba de un lado a otro en la sala, al borde de un ataque de nervios.
El sector financiero no estaba en su mejor momento, y la medicina era la mina de oro del futuro.
La Corporación Ayala necesitaba devorar ese contrato a como diera lugar, de lo contrario, las demás familias poderosas de Ciudad Luzara los aplastarían.
Ofelia rodó los ojos y se burló.
Seguro Vera había saboteado todo.
—¡Escúchame bien! —gritó Nicanor—. ¡No creas que con estos jueguitos te vamos a reconocer como parte de esta familia! Si tienes una gota de decencia, arregla este desastre ahora mismo. ¡Los Ayala tienen que conseguir ese contrato!
El tono de Nicanor no admitía réplicas. Vera dejó escapar una carcajada seca, levantó el mentón y respondió con calma letal:
—No me da la gana.
Nicanor levantó la mano para golpearla, pero Alfredo se interpuso rápidamente.
Al ver a su «hermano mayor» escudándola de nuevo, Vera sonrió con ironía.
—Vera, sé que estás resentida por lo que pasó con Ofelia. Si logras que CFT firme con nosotros, prometo cederte la mitad de mis acciones de la fábrica de los Jiménez.
A Vera le pareció un chiste patético. Cuando se trataba de Ofelia, su racional y frío hermano mayor perdía por completo el juicio.
Si tan solo hubiera investigado un poco sobre ella, sabría que el dinero le sobraba a manos llenas. Las acciones de esa fábrica en ruinas no le servían ni como papel higiénico.
¿Querían sobornarla con acciones?
Esas migajas no le alcanzaban ni para cubrir sus gastos de un día.
—Alfredo, no es que no quiera ayudar —dijo Vera con voz afilada—. Pero como papá me gritó en la gala, yo no entiendo nada de negocios. Y si no entiendo, pues no puedo hacer absolutamente nada por ustedes.

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