Un golpe seco resonó en la habitación.
Nicanor Ayala estrelló el contrato contra la mesa con el rostro desfigurado por la furia.
—Quieras o no, esta farmacéutica será tuya. Mañana mismo firmarás el traspaso para ser la representante legal.
Vera Ayala, al ver que ya ni siquiera intentaba disimular, se acercó y tomó el documento.
—En realidad, quiero hacerte una pregunta. ¿Qué fue exactamente lo que hice mal? ¿Acaso porque no soy tu hija biológica, decides sacrificarme sin el menor remordimiento?
Al escucharla, Nicanor supo de inmediato que no había podido ocultarle la verdad.
—¡La familia Ayala te ha cuidado durante todos estos años! Fuimos nosotros quienes pagamos para que estudiaras en el extranjero. ¡Mientras tú vivías rodeada de lujos, Ofelia estaba sufriendo! ¡Estaba tan desnutrida que ni siquiera podía tener un plato de comida decente! Nuestra verdadera hija ha pasado por un infierno y, aun así, te entregó su corazón. Ahora que te pedimos un pequeño sacrificio, ¿por qué te niegas?
El tono de exigencia de Nicanor desató por completo la furia de Vera.
—¿Y qué culpa tengo yo de que se hayan equivocado de bebé? Fueron ustedes quienes se empeñaron en mandarme fuera del país. Cuando estuve en el extranjero, me enfermé tanto que tuve fiebres altísimas y caí en coma. Como no tenía dinero, ni siquiera pude ir al hospital; tuve que resistir sola.
Al relatar todo esto, aunque el corazón de Vera ardía de indignación, su expresión mantenía una calma aterradora.
—El costo de vida allá era altísimo. El dinero que mamá me enviaba no me alcanzaba ni para lo básico, por más que intentara ahorrar. Además, casi pierdo la vida cuando unos asaltantes armados intentaron robarme.
En el fondo de sus ojos parecía arder una llama, aunque la superficie cristalina de su mirada la ocultara.
—Si no querían reconocerme, debieron decírmelo antes. No querían perder la oportunidad de unirse a la familia Heredia y, al mismo tiempo, planeaban usarme como chivo expiatorio para salvarse, pero sin invertir ni una pizca de afecto en mí. ¿De verdad creen que soy estúpida?
Durante esos seis años, ella siempre creyó que la familia Ayala estaba pasando por problemas económicos y que por eso no podían brindarle mucha atención.
Por eso, aunque su vida en el extranjero fue un calvario de privaciones, apretó los dientes y resistió. Estudió y trabajó hasta el agotamiento, obteniendo dos títulos universitarios. Todo lo que había construido, cada peso y cada habilidad, lo hizo pensando en regresar y elevar el estatus de la familia Ayala.

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