Al escuchar esas palabras, Ofelia soltó su brazo instintivamente.
Vera la miró fijamente y, esbozando una media sonrisa, dijo:
—Hay muchos periodistas aquí. Si sigues difamándome sin pruebas, llamaré a mis abogados. Las leyes de difamación en este país son bastante estrictas.
Sin esperar respuesta, sacó su teléfono e hizo una llamada.
—Vengan y saquen a esta gente de aquí —ordenó con frialdad.
En cuestión de segundos, apareció un nuevo grupo de hombres de traje. A diferencia de los guardias de seguridad de antes, estos exudaban un aura de peligro; definitivamente no eran personas con las que se pudiera jugar.
—Señora Ayala, el señor Heredia está adentro —le avisó el vicepresidente de la empresa.
Vera asintió levemente y entró en su oficina.
Hugo estaba sentado en el sofá de visitas, bebiendo tranquilamente una taza de té.
—¿El señor Heredia disfrutó del espectáculo? ¿Se le quitó el aburrimiento?
Vera le quitó la taza medio vacía y le sirvió un poco más.
Hugo sonrió de lado.
—Estuvo excelente. Definitivamente, mucho más entretenido que leer contratos.
Él sabía que en su propio territorio, Vera jamás dejaría que la pisotearan.
Pero no esperaba que resolviera el asunto con tanta maestría.
Había humillado públicamente a sus agresores manteniendo una calma absoluta.
Sin embargo...
—Si pasaste tantas necesidades en el extranjero, ¿por qué nunca se lo dijiste a Patricio?
Hugo ensombreció la mirada. Si ella se lo hubiera dicho y Patricio no hubiera hecho nada, él jamás se habría quedado de brazos cruzados.
Vera se apoyó en el escritorio y sonrió con indiferencia.
—¿Qué importa ya? Es cosa del pasado.
En aquel entonces, ella aún no sabía que no era hija de sangre de los Ayala, ni que toda la familia giraba en torno a Ofelia.
Su único pensamiento era no ser una carga para sus padres y evitar que la familia Heredia menospreciara a los Ayala por su culpa.
Pero nunca imaginó que todo ese sacrificio solo había sido un esfuerzo unilateral y patético.
Las palabras de Vera hicieron que a Hugo se le oprimiera el pecho. Apretó los labios y dio un sorbo a su té.
—Fue mi culpa —murmuró, lleno de remordimiento.

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