Alfredo invitó a Vera a reunirse.
Esta vez, tuvo el detalle de llevarle un regalo.
—Alfredo, ¿me invitaste para hablar de negocios o para perder el tiempo?
Vera dejó el regalo a un lado con indiferencia. La distancia en su voz hizo que a Alfredo se le oprimiera el pecho.
Apretó los labios.
—Primero ordenemos algo de comer, no hay prisa por hablar del resto.
—Si tienes algo que decir, dilo directamente. Me da mucha pereza fingir cortesía.
Vera se cruzó de brazos. No creía en absoluto que Alfredo la hubiera buscado para tener un momento emotivo de hermanos.
—Ya me enteré de lo de los ciento cincuenta mil pesos —dijo él, lleno de culpa—. Yo tampoco sabía que mamá solo te había mandado eso durante esos dos años.
En aquel entonces, para asegurarse de que Vera fuera «digna» de Patricio Heredia y que la familia del novio no menospreciara a los Ayala, la matricularon en una prestigiosa escuela de finanzas cuya colegiatura rondaba los doscientos mil pesos anuales.
A Vera la mandaron al extranjero sin siquiera el dinero suficiente para pagar la escuela, y a nadie en su familia le importó.
Vera sonrió en silencio. Sus primeros dos años en el extranjero, para poder pagar la universidad, tuvo que malpasarse y tener trabajos de medio tiempo, lo que afectó terriblemente su desempeño académico.
«Esa era una espina que aún llevaba clavada en el corazón.»
—Pero parece que ahora te va bastante bien. —Alfredo cambió de tema abruptamente.
Vera entendió al instante a qué venía.
—Jamás pensé que llegaría el día en que mi intachable hermano se volvería un adulador por codiciar el dinero de alguien más.
Alfredo palideció. Esa frase destrozó por completo la imagen de orgullo y rectitud que siempre había presumido tener.
Pero al pensar en su madre y su hermana, apretó los puños y soportó la humillación en silencio.
—Ayer, la abuela golpeó a mamá.
Al escuchar esto, Vera hizo una leve pausa mientras bebía agua, pero de inmediato continuó como si no le importara.
Alfredo prosiguió:
—Mamá lloró mucho. Papá la obligó a venir a buscarte, pero ella dijo que, por lo que pasó con los estados de cuenta, le daba demasiada vergüenza verte. Dijo que prefería quedarse en casa a soportar los golpes y los insultos antes que molestarte.
—¿Intentas manipularme emocionalmente? Lástima que esa táctica ya no funciona conmigo. —Vera seguía mostrando una indiferencia absoluta. Era una deuda de cientos de millones; no era estúpida.
Alfredo negó con la cabeza.
—Solo quiero decirte que puedes odiarnos a nosotros, pero no culpes a mamá. Desde que eras niña, ella siempre se preocupó por ti.
Vera apretó los labios, recordando sus años de secundaria, cuando pasaba las noches estudiando para los exámenes de preparatoria.
Era su madre quien se quedaba con ella hasta tarde, llevándole comida caliente, y si sentía que a la cocinera no le había quedado bien, ella misma se ponía el delantal.
Cuando Vera sufría por el calor del verano y perdía el apetito, su madre se inventaba recetas para animarla a comer.
Como Vera era enfermiza, su madre se ocupaba personalmente de cada detalle de su vida: su ropa, sus comidas, sus traslados.

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