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Adiós al Compromiso, la Falsa Heredera contraataca romance Capítulo 64

—¡Ofelia, cuida tu boca! —la reprendió Diego, apartándola bruscamente de enfrente de Hugo—.

—Señor Heredia, ya están sirviendo la comida y Vera debe tener hambre.

Diego habló con tono conciliador, y Hugo asintió con frialdad antes de alejarse.

Diego no pasó por alto cómo el rostro de Hugo cambió y se suavizó de inmediato justo antes de entrar al reservado.

—Primo, ¿por qué me regañas? No dije nada que no fuera cierto —se quejó Ofelia, sintiéndose terriblemente humillada e indignada.

Diego frunció el ceño y se dirigió a Alfredo.

—No importa cuál sea el estatus de Vera. Hablar mal de la acompañante del Señor Heredia en su propia cara... ¿ella perdió la cabeza y tú también? ¿De verdad creen que por tener un acuerdo matrimonial entre los Ayala y los Heredia tienen derecho a meterse en los asuntos de Hugo?

Alfredo por fin comprendió la gravedad del asunto. Esto ya no era una simple pelea entre hermanas; habían ofendido directamente al Señor Heredia.

—Vámonos, comeremos en otro lado.

Alfredo tomó a Ofelia del brazo. Aunque sabía que su hermana se había equivocado, no tenía el corazón para regañarla.

Sin embargo, Ofelia no entendió la indirecta. Solo se enfocó en el regaño de Diego y su rostro enrojeció de furia.

—Primo, ¿cómo puedes defender a esa impostora? ¡Yo soy tu verdadera prima!

El rostro de Diego se endureció.

—Tengo muchas primas, pero solo una tía. Te aconsejo que controles tus celos, o podrías terminar hundiendo a toda la familia Ayala.

Con esa advertencia, se despidió de Alfredo con un gesto.

—El problema de la fábrica ya está resuelto, así que me retiro. Hagan lo que quieran.

Al ver a Diego alejarse a pasos largos, Ofelia se sentó a un lado y rompió a llorar.

—No pregunto porque sé que esa etapa debió ser dolorosa y difícil. Si deseas desahogarte, estaré encantado de escucharte, pero no seré yo quien abra tus heridas.

Vera no esperaba esa respuesta. Se sorprendió un poco y volvió a conocer una nueva faceta de Hugo.

Aquel hombre que parecía tan distante e inalcanzable, en realidad tenía una sensibilidad muy profunda.

Bajó la cabeza y sonrió, sintiendo cómo las nubes grises en su pecho se disipaban.

—No lo considero una herida. Después de todo, ahora soy exitosa. Si miro hacia atrás, solo puedo pensar en lo increíble que soy.

Vera lucía confiada y radiante. Hugo no podía apartar la mirada, cautivado por su sonrisa.

Justo cuando la atmósfera en el reservado se tornaba extrañamente íntima, el teléfono de Vera sonó. Era su vicepresidente.

—Señora Ayala, alguien pagó la fianza de Fabián Ayala. Si saldan las deudas de la fábrica, lo dejarán en libertad.

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