Al día siguiente, cuando Vera llegó a la oficina, la recepcionista le informó que le habían dejado un café.
—Señora Ayala, no debería beber cosas de origen desconocido —advirtió su vicepresidente, dispuesto a tirar el café a la basura. Pero cuando Vera se acercó, reconoció el logo del Café Argento.
—No te preocupes, sé perfectamente quién lo envió.
Vera subió con el café en la mano. Lo más seguro es que Bonifacio, por respeto a su abuelo, le hubiera pedido a uno de sus empleados que se lo llevara.
Mientras disfrutaba de su café y pastel en la oficina, recibió una llamada de la policía.
Según le informaron, la familia Ayala había desistido de pagar la fianza de Fabián y planeaban abandonar por completo la farmacéutica de los Jiménez.
El vicepresidente, que había escuchado la conversación, preguntó confundido:
—¿Por qué se rinden ahora?
—Fabián evadió impuestos y se robó mis dividendos. Es probable que los demás Ayala no supieran todos los detalles. Pero ayer dejé claro que no voy a ceder, y además, me dejé ver en la fiesta del patriarca de los Montenegro. Mientras los Ayala no hayan perdido la cabeza, entenderán que seguir peleando por Fabián solo los arrastrará a todos a la ruina.
Vera tomó un sorbo de café, con la mirada ensombrecida.
—Más que el asunto de la fábrica, me intriga saber por qué Nicanor prefirió que la familia Jiménez se hiciera cargo y le prohibió a mi madre ir a San Miguel.
Nicanor Ayala había construido su fortuna apoyándose en la familia Jiménez. Muchos se burlaban de él a sus espaldas, llamándolo trepador. Aunque con el tiempo logró tener éxito por su cuenta, siempre le molestaron esos comentarios, por lo que rara vez interactuaba con la familia Jiménez.
En realidad, a Vera no le importaba el destino final de la fábrica.
Lo que quería ahora era descubrir el secreto de su origen.
Primero se negaron a hacer pruebas de ADN, luego no dejaron que su madre fuera a San Miguel. Detrás de todo eso seguramente se escondía algo turbio.
—Hablando de eso, lo que me pediste investigar sobre Ofelia es muy extraño. Es como si alguien hubiera borrado su pasado a propósito. No hay ni un solo rastro. Solo podemos encontrar información desde que regresó a la familia Ayala.
Vera terminó su café de un trago y arqueó una ceja.
—Que no se pueda encontrar nada es el mayor problema. Investigaremos esto con calma. Por ahora, antes de que llegue Mateo, debo concentrarme en dejar todo en orden con el trabajo.
No quería dejarle un desastre a su colega cuando llegara para supervisar el consorcio.
—No te presiones tanto. Mira esto. Ricardo Lando me pidió que te diera esto, dijo que deberías relajarte y no estar tan tensa.
Vera miró la tarjeta de presentación en su mano; pertenecía al Club Eclipse.
—Vera Ayala, ¿quién te invitó a ti?
Un hombre rubio, recostado de forma arrogante y con dos mujeres a su lado, le habló con tono despectivo.
Vera entrecerró los ojos y, justo cuando estaba por responder, alguien más entró al lugar.
Era Santiago Ayala.
—Santiago, llegas justo a tiempo. Vera dice que tiene una invitación. ¿Fuiste tú quien la invitó? —preguntó el hombre rubio, ladeando la cabeza.
Alguien más añadió con burla:
—Santiago siempre sabe lo que necesitamos. Se cansó de las mismas de siempre y no quiso traer a su verdadera hermana a este tipo de lugares, así que nos trajo a esta preciosidad para que nos acompañe. ¡Qué gran amigo!
Los hombres en el reservado soltaron risas maliciosas, mirándola como si fuera un trozo de carne.
Santiago frunció el ceño. Al recordar la conexión de Vera con el patriarca de los Montenegro, apretó los labios y caminó hacia ella.
—¿Acaso no tienes ni un poco de decencia?

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