Después de la cena, el anciano dejó que los más jóvenes se retiraran a sus asuntos.
Solo retuvo a Vera y a Bonifacio unos minutos más para charlar antes de permitirles irse.
—¿Dónde vives? Yo te llevo.
Bonifacio, soportando la mirada escrutadora de Hugo, se armó de valor para ofrecerse.
El rostro de Hugo se ensombreció al instante.
Vera hizo un gesto con la mano.
—No es necesario. El Señor Heredia y yo vamos hacia el mismo lado.
Al principio le incomodaba viajar en el auto de Hugo, pero ahora ya se le había hecho costumbre.
La expresión de Hugo se suavizó de inmediato, mientras Bonifacio dejaba escapar un suspiro.
—No es que quiera, pero mi abuelo me obligó. Si no te llevo a casa, me arrancará la piel a tiras.
Sin importarle las quejas de Hugo, Bonifacio caminó hacia la salida. No entendía por qué su abuelo valoraba tanto a esa chica, pero si se lo había ordenado, tenía que cuidarla.
El viaje de los tres en el auto fue bastante incómodo, especialmente por las miradas que cruzaban Hugo y Bonifacio; uno rebosante de disgusto y el otro lleno de resignación.
Lo ocurrido esa tarde en la mansión se esparció rápidamente por los círculos de la alta sociedad de Ciudad Luzara. Cuando Nicanor Ayala se enteró, se quedó en silencio por un largo rato.
—¿Don Fausto realmente dijo eso? —preguntó Nicanor, dirigiendo la mirada a su hija.
Ofelia estaba tan furiosa que quería romper todo a su paso.
—¡No sé qué truco sucio usó! Estuvo seis años en el extranjero, ¿cómo es posible que tenga conexiones con los Montenegro?
Ofelia sentía que las llamas de la envidia la consumían viva.
¿Por qué, incluso después de regresar a su legítimo lugar en la familia Ayala, seguía siendo pisoteada por Vera?
¡Todo lo que Vera tenía debería ser suyo!
—¿Será por culpa de Patricio? —preguntó Nicanor en voz baja.
Ofelia negó rotundamente.
—Imposible. Patricio estaba más sorprendido que yo.
Bonifacio lo miró con sospecha. Desde que el tío de Hugo, Ernesto Heredia, se casó de forma repentina en secreto, la familia Heredia se había vuelto extremadamente estricta respecto a los matrimonios.
Hugo pareció perderse en sus pensamientos por un instante, y Bonifacio, creyendo que por fin estaba considerando el asunto en serio, asintió con aprobación.
—Para mi familia no hay problema. Mi abuelo es huraño pero no es tonto, no se dejará engañar. Pero tú... nunca has tenido ni una sola novia. La esposa de tu tío Ernesto no tiene buen origen, pero al menos tiene buena reputación. En cambio, Vera parece tener muchas más intenciones ocultas...
Bonifacio hablaba sin parar, cuando Hugo lo interrumpió abruptamente.
—A ella le gusta mucho el café de tu local. ¿Podrías contratar a alguien exclusivamente para que le lleve uno todos los días? Yo pago el sueldo.
—¿Eh?
Hugo, ignorando los ojos desorbitados de su amigo, continuó con expresión pensativa:
—Sí... también le gustan los pasteles, pero no los de la caja azul de tu cafetería, esos no le agradan.
Bonifacio chasqueó la lengua y se cruzó de brazos, observándolo.
Estaba perdido. Después de conocer a Hugo tantos años, acababa de descubrir que el hombre era un romántico empedernido.
No tenía salvación.

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