Cuando Diego decidió ir a buscar a Vera, se dio cuenta de que habían olvidado intercambiar números la última vez.
Sin más opción, regresó a hablar con Alfredo, pero este lo rechazó.
—Es la primera vez que el Consorcio Castillo vende equipos públicamente en el país, quizá no lo hagan de la misma forma que en el extranjero. Tal vez repartan los folletos en un par de días. Ya le prometí a Ofelia que no buscaría a Vera por este tema.
Al ver la seriedad en el rostro de Alfredo, Diego estuvo a punto de soltar una carcajada de indignación.
—Tú conoces perfectamente la influencia del Consorcio Castillo a nivel internacional. Si su intención fuera congraciarse con el mercado nacional, ¿para qué armarían todo este teatro de la presentación?
Viendo que Alfredo no cedía, la frustración de Diego se mezcló con preocupación por Vera.
—¿De verdad no te importa en absoluto cómo esté ella?
Alfredo achinó los ojos y respondió con un tono indiferente:
—Ella es mucho más astuta de lo que imaginas. A diferencia de Ofelia, que no tuvo nada desde niña.
—Contigo es imposible hablar.
Diego sintió que a Alfredo le habían lavado el cerebro.
Cuando Vera se fue al extranjero, ni siquiera había cumplido los dieciocho años. Se marchó sin dinero, sin un título, sin apoyo, sin nadie con quien cruzar palabra.
¿De verdad pensaba que habían sido seis años fáciles?
Era una niña que habían criado, incluso si no compartían la misma sangre, ¿cómo podían ser tan crueles con ella?
Diego se marchó furioso. De pronto, recordó que Vera trabajaba en CFT Global. Tras pensarlo un instante, se dirigió hacia allí.
Sin importar la postura de Alfredo, la familia Jiménez necesitaba el laboratorio, y él tenía que agotar todas las opciones.
—Hola, señor. ¿A quién busca? ¿Tiene alguna cita?
Diego no sabía exactamente cuál era el cargo de Vera en CFT Global, ni si su visita imprevista le causaría problemas.
Tras meditarlo, respondió:
—Quería saber si Vera Ayala vino a trabajar hoy. No es necesario que la llamen, si está aquí, simplemente la esperaré afuera.
La recepcionista se mostró cautelosa.
Con los recursos actuales de la familia Jiménez, les resultaría imposible adquirir todo el equipo.
La única opción de Diego era asociarse con los Ayala, pero lo que Vera menos quería en ese momento era cruzar caminos con ellos.
—Primo, ¿estás enterado de que acabo de adquirir la farmacéutica de los Jiménez? —Vera lo miró fijamente y añadió—: El laboratorio en el que Alfredo quería invertir se desintegró porque su inversionista principal retiró su capital, y ahora todo ese personal está trabajando en CFT Global.
Diego estaba tan enfocado en el equipo que no se detuvo a pensar en cómo Vera sabía tantos detalles, y simplemente respondió con honestidad:
—Lo sé, pero en este momento la familia Jiménez necesita un laboratorio completo.
Vera se quedó pensativa. A decir verdad, a ella le tenía sin cuidado si en el país, o incluso en Ciudad Luzara, abría un laboratorio más; eso no afectaría en absoluto sus negocios.
Lo que realmente le importaba era ver la actitud de los Ayala.
Pero esto no tenía por qué salpicar a su primo ni a la familia Jiménez, quienes jamás le habían hecho daño.
Vera se puso de pie, le pidió a la recepcionista que atendiera a Diego y luego dijo en voz alta:
—Te enviaré la información esta tarde, pero no le digas a nadie que fui yo quien te la dio.

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