Al escuchar a Hugo proponer matrimonio de manera tan formal, Mateo comprendió que el hombre tenía la genuina intención de hacerse cargo. Decidió no intervenir más y dejar que su protegida tomara la decisión.
Pero Vera, siendo Vera, entró en pánico y huyó de la conversación.
No esperaba que Hugo fuera tan puritano. A fin de cuentas, solo se habían besado un poco, y lo máximo que había ocurrido era que a ella le habían quedado algunas marcas en el cuello.
Pero Vera también podía entenderlo. Aquella noche, bajo los efectos del narcótico, se la había pasado aferrada a él, encendiendo fuegos que él, siendo un hombre joven y vigoroso, tuvo que soportar. Hugo se había reprimido, metiéndose una y otra vez en la bañera con agua helada solo para bajarle la temperatura y que ella pudiera descansar tranquila.
Que la hubiera abrazado y besado no le parecía el fin del mundo.
Lo que no le cabía en la cabeza era en qué momento la situación escaló hasta convertirse en una propuesta de matrimonio.
—¿Tanta salud últimamente? ¿Cambiaste el café por un té? —Adrián entró a su oficina con una sonrisa burlona.
Vera, acostumbrada a sus bromas, hizo una mueca.
—¿No se suponía que mi querido mentor daría una presentación hoy? ¿Por qué no estás ayudándole?
—Ah, el Consorcio Castillo se maneja solo. Además, la presentación se pospuso. No sé qué mosca le picó, pero el señor Castillo lleva dos días con un humor de perros.
Vera sonrió con cierta culpabilidad. Claro, regresar al país y descubrir que habían drogado a su protegida no era exactamente el escenario ideal para mantener el buen humor.
—Bueno, eso no importa. ¿A que no adivinas qué descubrí?
Adrián dejó una carpeta sobre el escritorio de Vera. Mientras ella abría los documentos, él bajó la voz.
—Investigué a la mujer que acogió a Ofelia. Se llama Paula Pérez. Lo extraño es que casi todo su historial, igual que el de Ofelia, fue borrado con un cuidado casi quirúrgico. Pero encontré un pequeño hilo del que tirar.
Adrián señaló la primera hoja. Vera leyó las dos primeras líneas y se quedó helada.
¿Paula Pérez, Nicanor Ayala y Pandora Jiménez habían estudiado en la misma universidad y en la misma facultad?
Recordó lo que le había contado su primo: la madre de Vera fue convencida por sus antiguos compañeros de la universidad para que viajara a otra ciudad en la etapa final de su embarazo.
—Dime si no es demasiada casualidad —dijo Adrián con tono sarcástico—. Tu madre sufre un accidente, termina en una clínica donde casualmente hay otra mujer dando a luz el mismo día que sabe que ella es rica, casualmente hay una oportunidad perfecta para cambiar a los bebés, y, oh sorpresa, la bebé «abandonada» termina siendo adoptada y criada por Paula Pérez.
Las palabras de Adrián resonaron con las propias sospechas de Vera.
Siempre le había parecido demasiada coincidencia lo del intercambio de bebés. Ahora, al conocer la conexión con Paula Pérez, sabía que había sido un plan premeditado.
—Hay algo más que debes saber —añadió Adrián, deslizando otra hoja sobre la mesa.



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