La aparición de Ernesto Heredia dejó a la sala sumida en un silencio sepulcral.
Pocos lo habían visto en persona en Ciudad Luzara, pero todos conocían su nombre. Si Hugo Heredia era quien controlaba las empresas del imperio, Ernesto Heredia era el patriarca en las sombras que controlaba el núcleo de la familia.
—¡Mamá! —chilló Ofelia, corriendo emocionada a abrazar a la hermosa mujer.
Paula Pérez la recibió con una sonrisa maternal.
—Mi niña, tu tío Ernesto ha decidido comprarte este anillo como regalo de compromiso. No tienes de qué preocuparte.
Al escuchar eso, el ego de Patricio se infló de nuevo. Hugo, con el rostro ensombrecido, se puso de pie, aunque mantuvo un tono de respeto.
—Tío Ernesto.
—Hugo, ¿no te pedí que no compitieras contra Patricio por este anillo? —dijo Ernesto con un tono que denotaba una sutil decepción.
Hugo apretó los labios. Al ver a su tío en la silla de ruedas, cualquier palabra de rebelión se le atoró en la garganta.
Vera nunca había visto a Hugo en una posición de sumisión. Frunció el ceño al instante.
Legalmente, Hugo Heredia era su marido. No iba a permitir que ningún «tío Ernesto» viniera a humillar al hombre que le pertenecía.
Vera, que estaba a punto de levantarse, volvió a sentarse en su lugar con una postura de absoluto poder. Se cruzó de brazos y miró la joya en el escenario con una sonrisa indescifrable.
—No me importa si toda la familia Heredia entra a competir contra mí —declaró.
La arrogancia de sus palabras desató un murmullo de incredulidad y burlas en toda la sala.
—¡Esta mujer está loca! Si ni siquiera el Señor Heredia se atreve a contradecir a su tío, ¿quién se cree que es ella? —susurró alguien.
Ofelia, envalentonada por la presencia de su madre adoptiva, soltó una carcajada sarcástica.
—Vera Ayala, deberías medir tus palabras. ¿Crees que por tener el respaldo de los Castillo puedes enfrentarte a la familia Heredia?
Vera giró el rostro lentamente. Con una sonrisa inquebrantable, clavó su mirada en Ernesto Heredia.
—¿Quieren averiguarlo? En una subasta, el que tiene más dinero manda. Si no compiten, ¿cómo sabremos el resultado?
En todos sus años de vida, nadie se había atrevido a desafiar a Ernesto Heredia en público. Él frunció el ceño y miró a Hugo.
—¿Esta es la mujer que trajiste contigo?


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