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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 10

Enzo se quedó paralizado unos instantes. Parecía incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.

—¿Qué dijiste?

—¡Que quiero el divorcio! —repitió Gabriela, sintiendo una punzada de amargura en el pecho.

Se lo había dicho claramente el día anterior, en medio del circo de aquella boda falsa. El hecho de que ni siquiera lo recordara le demostraba que a su marido le importaba tan poco lo que ella decía, que sus palabras simplemente le entraban por un oído y le salían por el otro.

Al ver que la situación amenazaba con salirse de control, Yolanda se apresuró a acercarse con los recipientes térmicos listos.

—Señor, ya le empaqué la comida. Llévesela rápido a la señorita Jimena antes de que se enfríe; si pierde temperatura, no sabrá igual de rico.

Enzo tomó la bolsa térmica sin quitarle los ojos de encima a su esposa.

—Te daré tiempo para que lo pienses bien. Pero que te quede claro, Gabriela: no voy a seguir tolerando tus berrinches infantiles.

Dicho esto, dio media vuelta y salió de la casa, envolviendo el ambiente con su característica frialdad.

Tras despedir a Enzo, Yolanda se volvió hacia Gabriela, dispuesta a regañarla.

—Señora, por favor, deje de ser tan terca. Hágale caso al señor, vaya a pedirle una disculpa a la señorita Jimena y asunto arreglado. De verdad, la señorita es un pan de Dios, no hay necesidad de que usted...

Gabriela le lanzó una mirada tan helada y cortante que le heló la sangre a la empleada, y salió de la cocina sin pronunciar una sola palabra.

Yolanda se quedó clavada en el piso. Jamás había visto esa expresión en el rostro de su jefa; fue suficiente para hacerla temblar.

...

De vuelta en su habitación, Gabriela contempló las dos maletas que había preparado la noche anterior.

Tenía que encontrar un lugar donde vivir lo antes posible para poder largarse de esa casa de una vez por todas.

Había quedado en encontrarse con Lorenzo durante la mañana para visitar a su antiguo maestro, así que, al ver la hora, se obligó a sacar fuerzas de flaqueza. Se dio un baño rápido, se puso ropa casual y cómoda, y se dispuso a salir.

Al pasar por la sala, vio que Yolanda hacía un gesto para acercarse a hablarle, pero Gabriela la ignoró por completo. Ni siquiera le dedicó una mirada de reojo.

Siguiendo la dirección que Lorenzo le había mandado, Gabriela llegó a la clínica de reposo donde se encontraba Don Antonio Aranda. Era un centro exclusivo, ubicado detrás del hospital central de Puerto Serena, dedicado únicamente a la atención de altos funcionarios y expertos de renombre nacional.

—Nos queda una última carta por jugar —dijo Enzo, mirando fijamente a su socio—. El instituto de Don Antonio Aranda.

—¿Don Antonio? —Daniel conocía muy bien el nombre de aquella leyenda en el ámbito científico—. Pero tengo entendido que está delicado de salud y lleva tiempo retirado.

—Así es —asintió Enzo—. Ahora mismo, el que lleva las riendas del instituto es su protegido, el doctor Paredes. Hablé con él, y cree que el giroscopio cuántico que desarrollaron en su centro de investigación podría ser compatible con nuestro sistema. El problema es que los parámetros exactos solo los conocen Don Antonio y el creador original del proyecto.

—Pero si Don Antonio no recibe visitas de nadie...

Enzo suspiró con pesadez.

—Exacto. Por eso, el doctor Paredes se comprometió a intentar contactar al creador del proyecto. Sin embargo, hasta el día de hoy, esa persona no le ha dado una respuesta.

—¿Y quién demonios es? ¿Por qué se da tantos aires de grandeza? —Daniel no ocultaba su desesperación. Sabía que si lograban que esa persona diera la cara, la crisis de la compañía se resolvería en un abrir y cerrar de ojos.

Enzo negó con la cabeza.

—No tengo idea. Nunca se ha presentado en público. Solo se rumora que fue el estudiante más brillante de Don Antonio y que posee un talento fuera de lo común. —Enzo desvió la mirada hacia el cielo despejado a través de la ventana del pasillo, con un tono lleno de convicción—. No me importa lo que cueste, Daniel. Tienes que contactar a esa persona. Si logramos que acepte trabajar con nosotros, le daremos lo que pida.

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