Estaba decidida: se divorciaría de Enzo y se marcharía de esa casa.
Durante todo el proceso, no derramó una sola lágrima. Alguien le había enseñado hace mucho tiempo que llorar no solucionaba los problemas.
Gabriela terminó de empacar bien entrada la madrugada. Cuando por fin se despertó, el sol ya iluminaba toda la habitación.
Era su rutina levantarse temprano cada mañana para prepararles a Enzo y a Mateo un desayuno delicioso y nutritivo.
Pero la noche anterior, ni el padre ni el hijo habían vuelto a casa.
Al pensar en Mateo, la única persona en el mundo con la que compartía un lazo de sangre, sintió cómo el corazón se le llenaba de pinchazos dolorosos.
No podía sacarse de la cabeza la imagen del niño en la boda, interponiéndose como un lobezno enfurecido para proteger a Jimena, gritándole y empujándola con todas sus fuerzas.
En aquel instante, sintió como si el vínculo invisible que los unía como madre e hijo se hubiera roto en mil pedazos. En los ojos de Mateo, ella no era su mamá; era la bruja malvada que había lastimado a su adorada tía Jime.
Al llegar a la cocina, encontró a Yolanda moviéndose de un lado a otro frente a los fogones, tan concentrada que ni siquiera notó que Gabriela había entrado.
—Yolanda, ¿qué estás cocinando? —preguntó Gabriela con curiosidad, estirando el cuello hacia la estufa.
Por lo general, Gabriela era la encargada de hacer el desayuno, así que no era común ver a Yolanda cocinando a esas horas.
El sonido repentino de su voz hizo que Yolanda diera un respingo. Se asustó tanto que dejó caer la espátula al suelo con un estrépito metálico.
—Se... ¡Señora! Ya regresó... Pensé que no estaba en casa —balbuceó Yolanda, con una expresión de pura incomodidad.
—Llegué ayer por la noche. Ya estabas dormida —respondió Gabriela sin darle demasiada importancia al nerviosismo de la empleada.
Se acercó a los fogones y vio que Yolanda no solo había preparado una sopa a fuego lento, sino también un desayuno sumamente elaborado.
Cuando Gabriela recién se había casado, no sabía ni hervir agua. Para ganarse el respeto de la familia Jara, pagó una fortuna para contratar a Yolanda, una empleada de primera categoría.
Yolanda no solo hablaba dos idiomas; era chef profesional, especialista en nutrición y experta en cuidados postparto.
Con el tiempo, Gabriela aprendió a cocinar gracias a sus consejos.
Yolanda la había ayudado muchísimo a lo largo de esos siete años, al punto de que Gabriela ya la consideraba parte de la familia.

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