De pronto, la enorme cocina pareció encogerse, asfixiando a los presentes.
Yolanda se quedó de pie en medio del incómodo cruce de miradas entre el matrimonio. Tras unos segundos de tensión, rompió el hielo tartamudeando:
—Ya... ya casi está listo, señor. Ahorita mismo lo pongo en los recipientes.
Enzo asintió con un gesto y clavó la mirada en su esposa. Como siempre, sus ojos eran estanques helados, carentes de cualquier tipo de emoción.
—Qué bueno que estás despierta. Ven conmigo al hospital, vas a pedirle disculpas a Jimena. Lo que hiciste ayer fue un arrebato inmaduro y le ha traído consecuencias desastrosas.
Las palabras de Enzo provocaron en Gabriela una risa seca y desprovista de humor.
—¿Escuché bien, Enzo? ¿Te montas un teatrito de boda con tu amante y ahora pretendes que yo vaya a pedirle perdón?
—¿Cuál amante? ¡No tienes la menor idea de lo que estás hablando! —La expresión de Enzo se oscureció de inmediato, y una presión invisible pareció emanar de su cuerpo, llenando la habitación.
—Esa boda fue una farsa. Solo le estaba haciendo un favor a Jimena. Viene de una familia sumamente conservadora y machista. Llegar a estudiar un posgrado le ha costado sangre, sudor y lágrimas. Sus padres la estaban obligando a casarse con un hombre que tiene discapacidad mental; la amenazaron con desheredarla si se negaba. Estaba entre la espada y la pared: o traicionaba a los padres que le dieron todo, o arruinaba su futuro. No tuvo más remedio que organizar una boda falsa para quitárselos de encima.
Enzo frunció el ceño, mirándola con severidad.
—Es mi alumna más brillante y ahora es mi mano derecha en la empresa. Como su profesor y su jefe, mi deber es apoyarla. Gabriela, eres mi esposa. Siempre he tolerado que seas una mujer sin ambiciones y un tanto aburrida, pero esperaba que tuvieras un mínimo de decencia. Mira el caos que armaste ayer por actuar sin pensar. Destruiste la reputación de Jimena en su pueblo. ¿Qué va a ser de ella ahora?
Gabriela se mantuvo estática, escuchando el apasionado monólogo de su marido.
Era la primera vez en siete años de matrimonio que Enzo articulaba tantas frases seguidas frente a ella.
De repente, la situación le pareció ridícula, patética.
—En fin —continuó Enzo, suavizando un poco el tono, adoptando la postura de un maestro corrigiendo a una alumna rebelde—. Tu numerito de ayer la afectó profundamente. El médico dice que tiene un cuadro severo de estrés postraumático y principios de depresión. Tienes que venir conmigo a la clínica para disculparte personalmente, y luego iremos a la casa de la familia Sosa para aclarar todo el malentendido.
Gabriela no pudo contenerse y soltó una carcajada burlona.
—Ni en tus mejores sueños, Enzo. Jamás le pediré perdón a una trepadora rompehogares.
—¡Ya te dije que no es una amante! —estalló Enzo, perdiendo la paciencia—. ¡Te acabo de explicar que no tuvo opción, ella es inocente en todo esto!
—¿Inocente ella? —lo interrumpió Gabriela con furia—. Si de verdad es tan inocente, ¿me quieres explicar cómo demonios la agencia de bodas terminó llamando a mi celular? ¿Crees que soy estúpida o te haces el tonto a propósito? ¡Ella sabía perfectamente que estabas casado y aun así se prestó para tu jueguito! ¡Ella es la única que decidió arrastrarse por el lodo!
—¡Gabriela Aranda! —rugió Enzo. Por primera vez, su máscara de perfección se resquebrajó, dejando al descubierto una ira ciega. Sus palabras salieron cargadas de veneno—. ¡Antes de acusar a otros de arrastrarse por el lodo, mírate al espejo! ¡A ver si ya te olvidaste de cómo te rebajaste tú hace siete años, cuando te las ingeniaste para meterte en mi cama!


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