—Mamá, ¿no vamos a esperar a papá para soplar las velas?
Lina Pérez bajó la mirada hacia la pantalla de su celular, donde se acumulaban las llamadas perdidas. Finalmente, desistió de volver a marcar y dejó el teléfono a un lado.
—Papá está ocupado, Alicia. ¿Qué te parece si soplamos las velas tú y yo?
Alicia, muy comprensiva para su edad, le acarició la mejilla.
—Está bien. ¡Yo siempre estaré contigo, mamá!
Justo cuando madre e hija cortaban el pastel, la pantalla del celular se iluminó.
Era un mensaje de Vicente Navarro. Una sola frase, imperativa.
[Ven a recogerme.]
Siguiendo la dirección del mensaje, encontró el salón privado donde estaba Vicente. Sin embargo, justo cuando iba a empujar la puerta, escuchó las voces del interior.
—Vicho, ¿es cierto que te vas a Estados Unidos otra vez con Tania?
Sentado en el sofá, Vicente llevaba una camisa negra con el cuello desabrochado, revelando una clavícula tan perfecta como sensual. La penumbra acentuaba la definición de sus facciones; un rostro de una belleza cautivadora, de rasgos profundos que resultaban tan fascinantes como peligrosos, atrayendo inevitablemente al sexo opuesto.
—Sí.
—¿Y cuánto tiempo se quedarán esta vez? ¿Dos semanas, un mes?
—Aún no lo decido.
Al otro lado de la puerta, Lina bajó lentamente la mirada. Sabía que Vicente se iba de viaje con Tania Aguilar todos los años, y siempre por largas temporadas.
Sabía que iban a disfrutar de un mundo que les pertenecía solo a ellos dos.
—Oye, ya llevas tantos años enredado con esa tal Lina. ¿Cuándo piensas divorciarte de ella? La familia Aguilar lleva tiempo esperando una respuesta tuya, sobre todo después de lo que Tani…
—¡Ejem!
Alguien tosió discretamente y el que hablaba se calló de golpe, lanzando una mirada nerviosa a Vicente, por miedo a reabrir viejas heridas.
A fin de cuentas, si no hubiera sido por Lina, Vicente se habría casado con la mujer que amaba hacía mucho tiempo.
Pero, por desgracia, esa mujer, Lina, ¡lo había arruinado todo!
Uno de los presentes, al parecer intentando disipar la tensión, bromeó:
—Vicho, no me digas que te has enamorado de Lina.
Él esbozó una sonrisa cargada de desdén y agitó suavemente la copa de vino que sostenía. Su voz, teñida de indiferencia, destilaba burla.
—¿Estás borracho?
—Ja, ja, ja…
Las risas estallaron en la sala. Era evidente que nadie se lo tomaría en serio. La mujer que Vicente más detestaba en el mundo era Lina. Ni siquiera cinco años de matrimonio podrían hacer que se enamorara de ella.
—Yo creo que sí estás borracho. ¿Cómo podría Vicho fijarse en una mujer tan cruel y manipuladora como Lina? Si no lo hubiera drogado para quedarse embarazada, ¿crees que Vicho le habría hecho caso a la abuela y se habría casado con ella? ¡Bastante hace con no haberla matado!
Al escuchar la conversación, Lina apretó con fuerza el pomo de la puerta.
—Lina, ¿qué haces aquí?
Al oír que la llamaban, Lina se giró y vio a Tania, envuelta en un vestido largo de color lavanda, mirándola con absoluto desprecio.
Era cierto. Llevaba cinco años siendo el objeto del odio de todo ese círculo social.
La voz de Tania no fue precisamente un susurro. La gente sentada cerca de la puerta se dio la vuelta y la vio.
—¿Lina?
—No puede ser, ¿qué hace ella aquí?
Lina sintió como si el corazón se le estrujara, un dolor que se extendía hasta la punta de los dedos.
Quizá había adivinado que esa noche solo era víctima de otra de sus bromas. Decidió no insistir y se dispuso a marcharse.
Pero Vicente ya se había levantado del sofá.
—¿Vicho? —Tania lo sujetó por la manga de la camisa, alzando la vista hacia él.
Vicente tomó su saco del respaldo del sofá, esquivando con el movimiento la mano de Tania, pero aun así le dijo con voz suave:
—Ya es tarde, deberías irte a casa también.
Luego, miró al resto del grupo y uno de ellos se levantó de inmediato.
—No te preocupes, Vicente. ¡Te garantizo que llevaré a tu querida Tania sana y salva a casa!
Tania fingió un leve enfado, mientras el rostro de Lina palidecía, sin saber cómo reaccionar.
Vicente se acercó a ella sin dedicarle ni una sola mirada.
—¿Qué haces ahí parada? ¿O es que quieres quedarte a divertirte con ellos?
Sus palabras estaban cargadas de sarcasmo. Si Lina se quedaba, estaba claro que solo sería el blanco de sus burlas.
En silencio, lo siguió fuera del salón. Justo antes de salir, alcanzó a oír a alguien decir:
—Seguro que Vicente se va con ella solo porque tiene miedo de que vaya a quejarse a la Mansión…
—Solo sabe usar trucos sucios. ¡Bah! ¡Qué mujer tan despreciable!
En el camino de regreso, Vicente se recostó en el asiento sin decir una palabra. Su expresión era sombría e impenetrable, pero era evidente que estaba de mal humor.
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