Lina condujo en silencio, concentrada, hasta que llegaron a la villa.
Sabía que le había arruinado la noche, así que no pretendía molestarlo más. Planeaba dormir en el cuarto de su hija.
Sin embargo, al pasar frente a su habitación, una mano le aferró el brazo y, al segundo siguiente, la arrastró dentro.
Antes de que pudiera reaccionar, fue empujada sobre la cama. Sintió el filo de unos dientes mordiéndole el lóbulo de la oreja, y un escalofrío incontrolable la recorrió.
—¿Quién te dio permiso para ir a buscarme, eh?
Lina giró su cuerpo, invirtiendo sus posiciones, pero él le sujetó la barbilla, acariciándola con el pulgar.
Su voz tembló.
—Tú…
—Los mentirosos merecen un castigo. Y el tuyo será tomar la iniciativa esta noche.
Lina negó con la cabeza, intentando rechazarlo.
—No…
Pero Vicente le apretó la cintura con fuerza. Su voz era grave, cargada de un deseo denso, y su mirada, oscura y voraz, parecía querer devorarla, triturarla hasta los huesos.
Su pulgar descendió desde la mandíbula, deteniéndose en un punto sensible y dibujando círculos, provocando que su cuerpo se ablandara y su respiración se acelerara.
—Si lo haces tú, será solo una vez. Si lo hago yo, no pararemos en toda la noche. Elige.
Con el cuerpo temblando y la voz entrecortada, susurró:
—La… la primera opción…
Pero él nunca cumplía las promesas que hacía en la cama, ni antes ni ahora.
Aunque ella eligió la primera opción, la larga noche pareció no tener fin.
Cuando finalmente la soltó sobre la cama, ya no le quedaban fuerzas para resistirse.
Con el ceño fruncido, se mordió el labio en silencio, soportando su arrebato de furia y desahogo.
Nadie vio las lágrimas que rodaron por sus sienes.
Las palabras de esa noche resonaban en sus oídos una y otra vez, y no pudo evitar preguntarse a sí misma:
«Lina, ¿cuánto tiempo más piensas seguir viviendo así?».
—
Al día siguiente, cuando Vicente se despertó y giró la cabeza, no vio a nadie a su lado. Con los ojos ensombrecidos, frunció los labios y apartó las sábanas.
—¿Dónde está la señora?
La empleada doméstica levantó la vista hacia el segundo piso y respondió con voz suave:
—Supongo que todavía no se ha despertado. No la he visto bajar.
—¿Supones?
Al notar su descontento, la empleada se apresuró a añadir:
—Señor, ayer la señora nos dio la tarde libre. Todas acabamos de regresar esta mañana.
Al oír eso, Vicente estaba a punto de dirigirse al cuarto de la niña cuando escuchó a otra empleada decir en la planta baja:
—Oigan, ¿de quién es este pastel de cumpleaños?
Vicente se detuvo en seco. Su mirada se dirigió a la mesita de centro, donde reposaba un pastel de color azul pálido. Su expresión se ensombreció casi imperceptiblemente.
La empleada estaba a punto de tirar el pastel, pensando que, después de una noche, ya no estaría bueno.
—Déjalo ahí. No lo toques.
Al oír la orden de Vicente, la mujer retiró la mano al instante, sin atreverse a rozarlo.
—Sí, señor.
Vicente, sin embargo, se quedó mirando la rebanada que faltaba en el pastel por un momento antes de subir las escaleras.
Un hogar no tiene por qué ser de tres personas. Mientras haya amor, es un hogar.
Arropó a su hija, se levantó de la cama y se dirigió a su propio dormitorio para empezar a hacer las maletas.
Cuando Vicente salió del baño, vio la maleta lista junto a la cama. Su mirada se heló, clavándose en ella como un puñal de hielo.
—¿Qué significa esto?
Lina miró su equipaje y luego levantó la vista hacia él.
Seguía siendo el mismo rostro familiar, pero todo era diferente. Todo había cambiado hacía cinco años.
Este matrimonio había sido un error desde el principio.
Ahora, era el momento de que ambos volvieran al camino correcto.
En su momento, se vio obligada a casarse con él por estar embarazada de Alicia. Toda la ciudad de Aguamar creyó que ella lo había drogado y luego había usado al bebé para forzarlo a casarse.
Lo había explicado innumerables veces a lo largo de los años, pero nadie le creyó.
Con el tiempo, optó por el silencio, y su silencio pareció envalentonar aún más a sus detractores.
A los ojos de todos, Lina no era más que una mujer malvada y sin escrúpulos, dispuesta a todo por ascender socialmente.
Pensó que, por Vicente, por Alicia, podría soportarlo todo. Creyó…
Al menos, alguna vez creyó que podría hacer que Vicente cambiara su opinión sobre ella.
Pero los hechos demostraron que, en cinco años, no solo no lo había logrado, sino que había empeorado las cosas.
Si su corazón pertenecía a otra, si ya no había forma de recuperarlo, entonces lo mejor era dejarlo ir.
Después de todo, hubo un tiempo, aunque efímero, en que fueron felices juntos.
—Divorciémonos.
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