Katia empujó la puerta del departamento.
En la sala, Selena estaba preparando empanadas.
Carlos, a su lado, intentaba imitarla, pero las empanadas que hacía salían todas deformes, lo que provocaba que Selena soltara pequeñas risas de vez en cuando.
—¡Ya llegué! —Katia se quitó los tenis, aún con la voz llena de enojo—. ¡Estoy que ardo! Allá abajo, casi me atropella un repartidor.
Selena levantó la vista, preocupada.
—¿Qué pasó? ¿Estás bien?
—No me pasó nada, pero ese repartidor venía hecho una bala, casi me lleva de corbata y todavía se puso a gritarme que si no veía por dónde caminaba —Katia se acercó al fregadero para lavarse las manos, claramente molesta—. Por suerte hubo alguien que lo detuvo, si no, yo sí me le iba encima a reclamarle.
Carlos dejó de intentar doblar la masa.
—¿Quién fue tan buena onda?
Katia sacudió las manos para quitarse el agua y se acercó a la mesa, mirando una empanada recién hecha.
—Ay, fue uno de los guardaespaldas de Isaac. Ya sabes cómo son, parecen cucarachas: crees que sólo hay uno, pero seguro hay un montón escondidos por ahí, siempre están donde menos los esperas.
Selena, al escuchar el nombre de Isaac, se detuvo un momento, pero no dijo nada.
Los tres terminaron de lavarse las manos y comenzaron a cocinar las empanadas.
En poco tiempo, el aroma llenó el aire y las empanadas humeantes estaban listas.
Sentados alrededor de la mesa, Carlos tomó una empanada, le sopló y se la llevó a la boca. Cerró los ojos, satisfecho.
—Las de Selena son las mejores.
Selena le sonrió.
—Despacio, que te puedes quemar.
Carlos tragó su bocado, dejó los cubiertos y se puso serio.
—Selena, Katia, hay algo que quiero contarles. Yo… voy a tener que irme de Río Verde por un tiempo.
Katia, sorprendida, alzó la voz.
—¿Qué? ¿A dónde te vas?
—Hay un problema serio en la sucursal de Europa. Tengo que ir a arreglarlo en persona. No sé cuánto tiempo me tarde.
—Así que, esta comida… es como una despedida.
Katia movió los ojos y disimuladamente miró por la ventana.



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