Isaac volvió a interponerse en su camino.
—Me voy —dijo, mirándola con una mezcla de emociones imposible de descifrar—. Regreso a Río Verde.
—Pero, Selena…
—Cuídate mucho.
—No dejes que… no dejes que no pueda encontrarte.
Luego de esas palabras, la miró con una intensidad que apretó el aire entre ellos, y solo entonces se dio la vuelta.
Selena observó cómo su figura, abatida y solitaria, se perdía al fondo del pasillo. Apoyada contra la puerta, cerró los ojos, dejando que el peso de la despedida se asentara en su pecho.
...
Selena empujó la puerta de la habitación y entró.
Katia estaba recostada en el sillón, deslizando el dedo por el celular. Al escuchar la puerta, levantó la cabeza de inmediato, los ojos chispeando de curiosidad y ganas de chisme.
—¿Ya se fue?
Selena asintió con un sonido apenas audible y caminó hacia la ventana. Corrió una esquina de la cortina y miró hacia la calle.
No vio el carro familiar. Tampoco el perfil de Isaac.
—Ay, no —Katia se acercó, siguiendo su mirada hacia abajo—. ¿Así nomás se fue? Yo juraba que mínimo se te quedaba plantado en la puerta, tipo estatua de sal, a ver si lo perdonabas.
Selena no respondió.
—O sea, a ver, ¿vino desde tan lejos, se cruzó medio país en avión, solo para quedarse parado unos minutos afuera de tu puerta, comprobar que sigues viva y luego regresarse?
—¿Qué clase de drama de telenovela es este? ¿Qué se supone que quiere conseguir?
—Lo viste, ¿no? Tenía los ojos tan rojos que parecía que se le iban a caer. Igualito a un conejo trasnochado, seguro no pegó el ojo en toda la noche… La verdad, hasta me dio lástima.
—A ver, Selena, ya dime la verdad, ¿de veras ya no sientes nada por Isaac?
Selena dejó el vaso de agua sobre la mesa; el fondo golpeó la superficie con un sonido seco.
Se giró hacia Katia, la mirada calma como un lago en el que no se movía ni una hoja.
—No.
Su respuesta salió firme, cortante, sin titubeos.
Katia la miró directo a los ojos, buscando alguna grieta, una señal, algo que le diera esperanza. Pero la seguridad de Selena era impenetrable.
Katia cambió de tema, sus ojos se encendieron de nuevo con picardía y le guiñó el ojo.
—Entonces… lo de anoche, tú y Esteban en la cima del cerro, viendo estrellas, la brisita, el ambiente tan romántico… ¿de veras ni tantito…?


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