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Amor que Fue romance Capítulo 124

Katia tomó un vaso de agua y se lo bebió de dos tragos.

—¿Creen que estoy muerta o qué? —Dejó el vaso sobre la mesa, sus ojos se volvieron afilados—. No me importa a quién metan aquí, si no sabe actuar, que se largue. ¡Aquí no va a venir nadie a hacerse el listo conmigo!

Al ver a Katia tan encendida, Selena sintió, al contrario, una paz extraña en el pecho.

Esa chica, que siempre andaba riéndose y haciendo bromas, en cuanto entraba en modo trabajo, se transformaba por completo.

Selena la conocía demasiado bien.

Katia era obsesiva con el lenguaje frente a cámara y con los detalles de la actuación. Tenía una manía casi enfermiza por la perfección.

No perdonaba nada, mucho menos en lo profesional.

No importaba si Miriam quería meter a alguien por palancas, ni siquiera si llegaba el mismísimo presidente; si no daba la talla, Katia lo sacaba del proyecto sin un segundo de duda ni pizca de compasión.

Eso, Selena jamás lo puso en duda.

Con Katia a cargo de la dirección y la calidad, podía estar tranquila.

Por más conexiones o influencias que intentaran colarse, con Katia, al final, lo único que valía era el talento.

...

Esteban cerró la carpeta que tenía en las manos y salió de la sala de juntas.

Miriam fue tras él de inmediato y, con sólo unos pasos, lo alcanzó.

—Director Ferrer —lo llamó—, usted que es tan reconocido a nivel internacional, ¿por qué venir a dirigir una película de bajo presupuesto? No creo que este equipo esté a su nivel, ¿o sí?

Esteban se detuvo y se volteó para mirarla.

Detrás de sus lentes de marco dorado, su mirada se posó en Miriam. Era serena, sin un asomo de emoción, pero transmitía una distancia natural.

Miriam se quedó sin palabras, bajó la mirada un segundo, pero enseguida enderezó la espalda, levantó el mentón con aire desafiante, como jugándose el todo por el todo.

—¿Por quién crees, director Ferrer? ¿De veras no te das cuenta?

Esteban vio claramente la envidia en su cara. Tras los lentes, su mirada perdió ese toque de amabilidad.

Se acercó un paso, acortando la distancia entre ambos. Su presencia, con ese aroma tenue a tabaco y algo fresco, llenó el espacio entre los dos.

El corazón de Miriam se desbocó, sintiendo la presión invisible de su cercanía.

—No me importa por qué lo hagas tú —su voz se volvió más baja, suave pero cargada de una firmeza helada—. Pero si llegas a causar problemas aquí, sobre todo si te metes con ella...

Se detuvo un instante, su mirada se volvió aún más aguda, como si la estuviera midiendo y, a la vez, advirtiendo.

—No digas que no te lo advertí.

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