Isabel se quitó el abrigo y lo lanzó sin miramientos a la empleada que acudió a recibirla, sin regalarle siquiera una mirada.
La luz cálida de la sala apenas suavizaba el filo de su mirada, que parecía cortar el aire con una indiferencia que helaba hasta el alma.
Un hombre vestido con un traje negro permanecía de pie a un lado, sosteniendo con sumo respeto un sobre marrón entre las manos.
Con la cabeza gacha, el hombre extendió el sobre hacia ella.
—Señorita Ríos, aquí tiene toda la información que pidió sobre Selena.
Isabel asintió con un leve gesto y le indicó que se marchara.
Sacó los documentos del sobre uno por uno y los fue extendiendo sobre la mesa de centro.
Las fotos de Selena formaban una hilera: desde niña hasta adulta, pasando de la inocencia a la madurez, cada etapa ordenada con precisión.
Isabel pasó un dedo por encima de las fotos, observándolas como si evaluara un producto defectuoso.
—Así que es huérfana...
Lo dijo casi para sí misma, con una voz cargada de burla.
Los documentos relataban que Selena había perdido a sus padres a los seis años y terminó en un orfanato, de donde salió hasta los dieciocho para valerse por sí misma.
Pasó la página. Allí estaban los registros de sus estudios: becas, reconocimientos y cómo, gracias a su esfuerzo y talento para escribir, fue escalando poco a poco.
La siguiente parte narraba cómo había conocido a Isaac.
El dedo de Isabel se detuvo en la última hoja por unos segundos.
—¿Eso es todo? ¿Tan simple? —Alzó una ceja, dejando ver lo poco que le impresionaba la historia.
—Selena, huérfana, sin familia importante... ¿De verdad cree que está al nivel de la familia Méndez?
Se acercó al ventanal. La lluvia caía con insistencia y, a lo lejos, las luces de la ciudad titilaban como un enjambre de luciérnagas.
Entre la neblina y el aguacero, se distinguía el edificio de la familia Méndez, en el corazón de la ciudad.
Desde generaciones atrás, la familia de Isabel y Grupo Méndez habían sido los gigantes del mundo empresarial. Todo el mundo daba por hecho que, algún día, Isabel sería la señora Méndez; la unión de ambas familias estaba más que pactada.
Selena... ella no era más que un consuelo fugaz para Isaac durante el periodo que perdió la vista. Una compañía transitoria.
—Qué absurdo —susurró Isabel, la ironía empapando cada palabra—. ¿De verdad Íñigo Méndez permitiría que una desconocida entrara a la familia?
—Apenas la recibí, no he tenido tiempo de poner todo en orden.
Felipe sonrió, dejando ver un destello de sincera envidia.
—Esa casa está increíble, Isaac se esmeró muchísimo. Cuando buscó el terreno, anduvimos recorriendo como quince lugares para encontrar uno que tuviera montaña atrás, vista al lago y la mejor orientación.
—El diseño lo cambiaron como siete veces. Hasta la altura de la barra de la cocina la mandó hacer para ti, que te quedara perfecta.
Al ver que Selena no respondía, Felipe bajó la voz, tratando de aliviar la tensión.
—No le des tantas vueltas. Isaac e Isa crecieron juntos. Isaac siempre la vio como una hermana. Lo que siente por ella es más bien responsabilidad y ganas de protegerla, no es lo que tú piensas.
Selena le sonrió con tristeza, agradeciendo el intento de consolarla.
—Gracias por traerme.
Abrió la puerta y el aire frío y la lluvia la recibieron sin piedad. No le importó empaparse; caminó sin prisa, dejando que el agua le calara hasta los huesos.
—¡Selena, espérate! ¡Llévate un paraguas! —gritó Felipe desde el carro, su voz mezclándose con el golpeteo de la lluvia—. ¡Si te enfermas, Isaac me va a colgar!

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