Miriam miraba a Selena con ese aire tan tranquilo y desinteresado, y sentía cómo la rabia le ardía cada vez más dentro.
¿Por qué?
¿Por qué Selena siempre tenía que comportarse como si estuviera por encima de todos?
¿Por qué ella sí merecía la atención especial de Esteban?
Los celos le mordían el alma como si una serpiente venenosa la estuviera devorando por dentro.
—¿Que yo estoy inventando? —se burló Miriam, soltando una risa aguda que retumbó en el comedor—. ¿A quién quieres engañar, Selena? ¿De veras te crees tan digna?
—En la universidad estabas tan quebrada que no tenías ni para el camión y ahora de la nada sales vestida de oro y convertida en una gran guionista. ¿Quién te va a creer que todo eso lo conseguiste solita, eh?
—No creas que no sabemos de tus porquerías. Te usaron y te desecharon, y ahora andas tras el director Ferrer, ¿no?
—Te lo advierto, Selena, una mujer como tú, que solo sabe escalar usando a los demás...
—¡Ya basta!
Hasta ese momento, Esteban había guardado silencio, pero su voz cortó el aire como un rayo.
Dejó los cubiertos y le lanzó a Miriam una mirada tan cortante que la hizo estremecerse.
—Señorita Ríos, mida sus palabras.
La reprimenda de Esteban fue tan repentina que Miriam se quedó helada. Toda su arrogancia se desmoronó como un castillo de naipes.
Ella miró a Esteban, completamente impactada porque él defendiera a Selena. Y en su pecho, el odio se multiplicó.
¿Por qué Esteban siempre estaba de su lado?
En la universidad era igual y ahora seguía igual.
¡No lo soportaba más!
De repente, Miriam tomó su copa de vino, la levantó con fuerza y aventó el vino directo hacia Selena.
—¡Splash!—
El vino tinto cayó sobre el vestido beige de Selena, empapándolo y dejando una mancha enorme color burdeos justo en el pecho.
Nadie pudo reaccionar a tiempo; todos se quedaron paralizados por la escena.
Selena bajó la mirada, observó la mancha rojiza que ahora decoraba su vestido.
No explotó de inmediato. Solo alzó la mano, tomó una servilleta y limpió con calma el líquido derramado.
—No tengo nada que perder, así que te aguantas.
Elisa, pálida del susto, corrió hasta donde estaban:
—¡Selena! ¡Selena, ya suéltala! ¡Vas a meterte en un lío, por favor, ya suéltala!
Katia, después de quedarse paralizada un segundo, reaccionó... pero en vez de intentar separar a Selena, se puso delante de Miguel y Elisa, bloqueándoles el paso para que no interfirieran.
En un parpadeo, todo era un caos.
Selena sintió varias manos intentando separarla, y finalmente soltó a Miriam.
Miriam cayó al suelo como un costal, cubierta de salsa, trozos de carne y grasa en la cara, el cabello y la ropa. Era el retrato del desastre.
Tosía y gritaba, el llanto mezclado con rabia:
—¡Selena! ¡Estás loca! ¡Te juro que te voy a matar! ¡Te lo juro!
El salón era un desastre: la mesa corrida, manteles y platos en el suelo, comida y vino tirados por todas partes.
Selena, en medio del escándalo, respiraba agitada, mirando a Miriam, que lloraba y gritaba como si le hubieran quitado la vida.
—Cuando quieras, aquí te espero. Yo, Selena, no me voy a echar para atrás.

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