El sol bañaba el rostro de Miriam. Sobre su mandíbula y el puente de la nariz quedaban cicatrices, marcas que le había dejado la cirugía estética.
—¿Tienes idea de lo que duele operarse la cara? —Miriam soltó una risa amarga—. Cuando te cortan los huesos, estás anestesiada de todo el cuerpo, pero tu mente sigue despierta. Sientes la cuchilla deslizándose por la piel, escuchas cómo cortan los huesos con la sierra.
Con suavidad, se tocó el rostro.
—La recuperación es aún peor. Toda la cara se me hinchó hasta parecerme a un cerdito y hasta comer era una tortura. Pero aguanté. Porque creía que si lograba ser lo suficientemente atractiva, se me abrirían más puertas.
Selena no supo qué contestar. Jamás había vivido algo parecido y le resultaba imposible imaginar el dolor que Miriam había cargado durante años.
—Pensé que si me esforzaba al máximo, algún día podría sostenerme en la industria por mi propio talento —la voz de Miriam se fue apagando, cada palabra llena de cansancio—. Pero ahora... el presidente Martínez ya se aburrió de mí, dejó que su esposa viniera a humillarme.
Se giró para mirar de frente a Selena.
—¿Sabes qué es lo más patético? Cuando esa señora armó el escándalo aquí en el set, él estaba en casa, mirando todo y dándole consejos. Siempre hace lo mismo con las que va a desechar: deja que su esposa se desahogue con ellas. Así se ahorra la molestia de tener que pagarles una indemnización.
—De ese modo, ninguna se atreve a buscarlo después. Ni siquiera por el dinero —terminó Miriam.
A Selena se le heló el estómago.
—Por eso —la sonrisa de Miriam era más triste que cualquier llanto—, les tengo coraje a ustedes, las que nacieron con todo. No les cuesta nada conseguirlo todo. Pero me odio más a mí. Me odio por haber sido tan ingenua, por no valerme por mí misma, por haberme dejado pisotear así.
—¿Sabes algo? Yo amé a Esteban. Desde la universidad lo quise. Soñaba que si algún día triunfaba, podría pararme a su lado sin esconderme.
—Pero yo no le llego ni a los talones. Él es tan puro... y yo, tan sucia.
Selena inhaló profundo y se acercó para sentarse junto a Miriam. Dos mujeres que siempre se habían enfrentado en el set, ahora estaban calladas, hombro con hombro, contemplando la ciudad en el horizonte.
—No tienes por qué reprocharte —murmuró Selena—. Hiciste lo que pudiste con lo que tenías. Fue la mejor decisión que pudiste tomar en ese momento.
Miriam levantó la cabeza. Las lágrimas le surcaban el rostro.
—¿No te doy asco? Por venderme, por conseguir papeles y oportunidades, por dejar mi dignidad y mi cuerpo en el camino.

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