El subordinado continuó:
—Hemos estado vigilando la parte de logística del Grupo Martínez durante bastante tiempo. Ahora es el mejor momento para comprar. El presidente Martínez está que no ve la salida, seguro que quiere vender rápido para conseguir efectivo.
Se detuvo, y en su tono apareció una pizca de admiración difícil de ocultar.
—A decir verdad, presidente, esta vez Martínez se vino abajo por completo... y la señora sí que le trae suerte a usted. Justo cuando pensábamos movernos, él mismo puso la oportunidad en bandeja.
Al mencionar “la señora”, Isaac detuvo un instante el movimiento de su cigarro.
Sus ojos se oscurecieron, pero aun así, la comisura de sus labios se alzó involuntariamente.
—No está nada mal lo que dices.
—Este mes el bono va duplicado.
El subordinado parpadeó confundido, pero pronto cayó en cuenta y asintió con rapidez.
—Gracias, presidente Méndez.
—Puedes irte.
—Sí, señor.
El empleado cerró la puerta tras de sí.
La oficina volvió a llenarse de silencio.
Isaac no miró los documentos sobre el escritorio, sino que se quedó contemplando el humo que se enroscaba en el aire, perdido en sus pensamientos.
Soltó una risilla por lo bajo.
—Señora...
Una satisfacción cálida fue creciendo despacio en su pecho, calmando la ansiedad y el vacío que lo habían acompañado durante días.
...
En el set de grabación, durante un descanso, Elisa apareció acompañada de alguien.
Ese alguien era alto, sobresalía entre los asistentes vestidos de gris apagado. El cabello rosa era imposible de ignorar, los aretes brillaban bajo la luz, la piel tan blanca que parecía translúcida, y sus rasgos tan finos que más bien parecía sacado de una historieta.
Selena estaba revisando su guion, hasta que notó que el bullicio alrededor se calló de golpe y enseguida escuchó murmullos y exclamaciones bajas.
—¡No puede ser, ese es Bruno Rivas!
—¡En persona es mucho más guapo que en las fotos! ¡Mira esa piel!
Examinó con atención ese rostro de belleza casi irreal. Cabello rosa, aretes brillantes, ropa a la moda... Nada de eso le cuadraba con ninguna persona de sus recuerdos.
Él notó su desconcierto y la forma en que lo analizaba con curiosidad, y una sonrisa apareció en sus labios, mezcla de resignación y anhelo.
—Soy Jaime Monroy.
El ídolo que tenía enfrente, brillante y carismático, no se parecía en nada al Jaime desnutrido y tímido que ella recordaba de antes. El contraste era tan fuerte que le costó trabajo creerlo.
—Entonces sí, Selena, parece que de plano ya me borraste de la memoria.
—Perdón, Jaime.
—Cambiaste muchísimo, no te reconocí hace rato.
La voz de Jaime bajó de volumen, con un leve toque de tristeza.
—Te busqué por todos lados, Selena. Cambiaste tu número, borraste tus cuentas de redes... por un momento pensé que ya nunca te iba a encontrar.
Ver a ese “hermanito” que ahora era más alto que ella, pero que conservaba ese aire de niño, le aflojó el corazón a Selena.
—Pero bueno, no importa —sonrió, mostrándole los colmillos y trayendo de vuelta al pequeño de antaño—, lo bueno es que al final sí te encontré.
No muy lejos, Miriam los observaba platicar animadamente. Disimulando, sacó su celular y les tomó una foto que enseguida envió por mensaje.

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