Esteban no tuvo más remedio que aceptar y asintió con la cabeza.
—Está bien, el que quiera venir, que se una.
...
Al día siguiente, al atardecer, en el muelle privado junto a la playa.
Justo cuando se preparaban para abordar el yate, se escuchó a lo lejos el rugido de un motor. Un llamativo carro deportivo rojo se detuvo en la entrada del muelle.
La puerta del conductor se abrió y Felipe Espinosa bajó con paso seguro y decidido.
—¡Esteban! ¿Cómo que un paseo en yate para ver la luna y no invitas a los amigos?
Felipe llegó hasta ellos, se quitó los lentes oscuros y dejó ver una sonrisa de oreja a oreja. Miró a Selena y Bruno, y luego regresó su mirada a Esteban.
—No se vale, eh.
Esteban le devolvió la sonrisa, aunque un poco forzada.
—Fue algo improvisado. ¿Cómo te enteraste?
Felipe alzó el mentón, orgulloso.
—Eso déjamelo a mí —después señaló con la cabeza hacia atrás—. Traje a alguien conmigo, ¿no hay problema?
Todos siguieron la dirección de su mirada.
La puerta del copiloto del carro rojo se abrió. Bajó una figura alta y elegante.
Traje perfectamente entallado, hombros amplios, cintura estrecha, piernas largas. Aunque estaba a cierta distancia, su presencia era tan intensa que llenó el lugar de inmediato.
No podía ser otro que Isaac.
La sonrisa de Esteban se desdibujó un poco, pero aun así mantuvo la cortesía y asintió.
—Vaya, el presidente Méndez también nos acompaña.
Isaac se acercó, ignorando a los demás y clavando su mirada en Selena durante unos segundos antes de voltear hacia Esteban. Su voz, profunda y grave, retumbó.
—Espero que no te moleste que venga sin invitación, director Ferrer.
Felipe, a su lado, seguía con su energía desbordada.
—¡Mira nada más! Me topé al presidente Méndez por aquí cerca y lo invité. ¡Entre más, mejor! ¡Ya vámonos, suban al barco!
Eso sí era vestirse para salir al mar.
...
El yate cortó la superficie azul oscuro del mar.
El viento salado y húmedo acariciaba la cubierta, despeinando los mechones rebeldes de Selena.
Ella se apoyó en la barandilla, mirando hacia la silueta de la isla que poco a poco se hacía más clara en el horizonte.
Las luces dispersas en la isla parpadeaban en medio de la noche, transmitiendo una calma especial.
La luna ya estaba en lo alto.
En la cubierta, una larga mesa ya estaba montada, lista para la cena.
Todos se sentaron alrededor.
Katia se acomodó junto a Selena, y Bruno, como si fuera lo más natural del mundo, ocupó el asiento al otro lado de ella.
Seis personas. Tres de un lado, tres del otro. Solo los separaba una larga mesa. El ambiente, de pronto, se volvió denso y un poco incómodo.

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