El Grupo Díaz por fin empezó a funcionar con normalidad.
Una vez establecido el nuevo orden, Selena sintió que, al fin, podía respirar con más tranquilidad.
Y como era de esperarse, pronto comenzaron a llegar invitaciones de todo tipo.
Banquetes, cócteles, cenas de caridad… en Río Verde todos querían conocer de cerca a la flamante cabeza de la familia Díaz.
Selena nunca había sido fan de ese tipo de eventos. Siempre prefería mantenerse lejos de los reflectores.
Sin embargo, la fiesta de la familia Carvallo aquella noche era una excepción. Tenía que ir en persona, poner las cartas sobre la mesa y dejar claro, de una vez por todas, que esa famosa “alianza matrimonial” no iba a suceder. Así, al menos, todos quedarían en buenos términos y nadie perdería la cara.
Aquello de la “boda pactada”, aunque solo fuera una promesa verbal entre los mayores, implicaba años de negocios y favores entre los Díaz y los Carvallo. Como la nueva responsable del Grupo Díaz, Selena sabía que no podía resolverlo a la ligera ni con brusquedad; era necesario un cierre digno.
La casa de los Carvallo brillaba esa noche, iluminada a más no poder.
Un empleado la guió hasta el despacho donde esperaba el actual líder de la familia Carvallo.
Tras unos breves saludos de cortesía, Selena fue directo al grano.
—Valentino Carvallo, vine hoy para platicar… sobre ese asunto del que mi abuela solía hablar, la promesa de matrimonio.
Valentino, que justo iba a tomar un sorbo de café, detuvo el movimiento. Se notaba que no esperaba que Selena fuera tan directa.
—¿Ah, sí? —dijo, dejando la taza y haciéndole una seña para que continuara.
—Agradezco mucho la buena voluntad de usted y de mi abuela —Selena mantuvo la voz firme, ni altiva ni sumisa—, pero la verdad, respecto a esa boda… prefiero dejarlo por la paz.
Hizo una pausa, mirando a Valentino a los ojos, y añadió:
—Por supuesto, eso no afectará en nada la relación de negocios entre la familia Díaz y la familia Carvallo. Desde el Grupo Díaz seguiré asegurando que nuestra colaboración continúe como siempre.
—Ay, muchacha… —Valentino negó con la cabeza y soltó una sonrisa resignada—, para serte sincero, mis dos hijos tampoco estaban convencidos. Hace unos días me dijeron que ya no estamos en los tiempos de antes, que eso de los matrimonios arreglados nomás no funciona, y que debía buscar la manera de platicarlo contigo.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Amor que Fue