Después de dejar el Grupo Díaz completamente en manos del equipo de gerentes profesionales, Selena por fin pudo relajarse. Sin perder tiempo, se mudó de la sofocante villa de la familia Díaz y regresó a su pequeño departamento.
El lugar ya estaba reluciente gracias a la ayuda de la señora de la limpieza; olía fresco, a sol y a ese aroma familiar que tanto extrañaba.
Hasta sentía que podía respirar mejor.
Aunque su departamento era mucho más pequeño que la villa, tenía un ambiente mucho más cálido y acogedor.
Y hoy, eso se notaba todavía más. Era el cumpleaños de Katia, y hasta Inés, que vivía en el extranjero, se había dado el lujo de volar de regreso solo para la ocasión.
La sala estaba llena de vida: sobre la mesa de centro se amontonaban botanas, pastel y varias cervezas.
Katia, toda emocionada, destapaba los regalos que Inés había traído desde Europa.
—¡No manches, Inés! ¡Sabías exactamente lo que quería! ¡Llevo meses buscando esta bolsa edición limitada! —Katia casi daba saltos de la emoción, girando sobre sí misma—. ¡Te amo, manita!
Inés llevaba una camiseta sencilla y jeans, el cabello recogido en una coleta improvisada. Su estilo relajado y seguro tenía ese toque rebelde que siempre la acompañaba.
Recostada en el sillón, se tomaba una cerveza bien fría.
—Ay, fue fácil —bostezó—. Lo importante es que la cumpleañera esté feliz.
Selena, sentada a su lado, observaba la escena con una sonrisa que le llenaba los ojos de alegría.
En ese momento, deslizó una cajita de terciopelo hacia Katia.
—Mira, esto es para ti.
—¡Selena! —Katia se lanzó hacia ella—. ¡Sabía que tú ibas a romperla con tu regalo! ¡Déjame ver qué maravilla me diste ahora!
Abrió la caja con manos temblorosas y se quedó sin palabras. Adentro había una llave de carro y un título de propiedad con letras doradas.
Katia se quedó pasmada.
Inés silbó, divertida.
—Vaya, Selena… sí que sabes cómo impresionar.
Katia tomó la llave con el logo brillante y hojeó el documento. Cuando leyó la dirección: “Chalet Mare Nostrum”, y vio la enorme cantidad de metros cuadrados, casi se le va el aire.
—¿Qué… qué rayos? —la voz le temblaba—. ¿Chalet Mare Nostrum? ¿Un departamento gigante con vista al mar? ¿Y este carro…? ¿No es ese deportivo súper limitado?

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