El agua de la piscina olía intenso, como si hubieran mezclado flores y hierbas raras en ella. Decían que era buenísima para la piel, pero Selena sentía que estaba atrapada, igual que una rana a la que van a cocer. Quería salir, pero no había cómo. Si se quedaba mucho tiempo, cada segundo la ponía más incómoda.
Del otro lado, se escuchó el chapoteo de alguien; seguramente Isabel ya se había levantado. Selena ni se atrevía a abrir los ojos, temerosa de que al mirar se notara lo vulnerable que se sentía en ese momento.
...
Después del baño, todos se reunieron en el jardín trasero del rancho. Las velas iluminaban la mesa, que estaba repleta de postres de todos colores y formas. La luz de la luna caía sobre el lago, dibujando ondas de plata en la superficie.
Felipe agitó la mano y llamó a un mesero.
—¡A ver, a ver! Tráenos los mejores postres, no te detengas.
El mesero trajo una charola enorme de tres niveles, repleta de dulces tan bonitos que parecían de revista.
Selena se quedó sentada en una esquina, observando en silencio. Todavía traía el cabello húmedo y las mejillas encendidas después del baño en la piscina.
Isabel le pidió al mesero un trozo de pastel, lo comió despacio, casi como si estuviera en cámara lenta, y se limpió la comisura de la boca con cuidado.
Pasaron unos diez minutos y algo cambió en su rostro. El cuello de Isabel comenzó a cubrirse de manchas rojas, que en segundos se extendieron hasta las mejillas.
—¿Isa? ¿Qué tienes? —exclamó la señora Galindo, alarmada.
Isabel empezó a respirar agitada y se rascaba el cuello con desesperación.
Isaac se levantó de golpe y le sostuvo la muñeca.
—¿Te dio una reacción alérgica?
Isabel, con la voz áspera, apenas pudo decir:
—Me pica... mucho...
Isaac le gritó a Felipe:
—¡Llama a un doctor, ya!
Sin perder el tiempo, Isaac la abrazó y la sostuvo contra su pecho, mientras con la otra mano alcanzaba el vaso de agua de la mesa.
—¿Todavía puedes tomar agua?
Isabel asintió con debilidad, así que Isaac le sostuvo la cabeza y le ayudó a dar unos sorbos.
—¿Qué fue lo que le causó la alergia? —preguntó Isaac, desesperado.
Felipe agarró el plato y lo olfateó.
—¡Caray! ¡Mango! ¡Ella no puede ni oler el mango!
El señor Galindo apareció corriendo.
—No se asusten, aquí hay un doctor, ya viene.


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