Chiara había regresado.
Y no volvió sola, sino que trajo consigo a Luisa, la antigua empleada de la familia Díaz.
Isaac, por supuesto, no iba a dejar pasar esa oportunidad para acercarse a Selena.
Cuando sonó el teléfono, Selena estaba recostada en el sofá de su departamento.
—Soy yo —la voz grave de Isaac se escuchó al otro lado.
—Te espero en la casa de Las Lomas.
—Quiero platicar contigo en persona sobre Luisa.
Se notaba que estaba orgulloso de haber encontrado un motivo que ella no podría rechazar.
—…Está bien —respondió Selena, aunque sentía una ligera resistencia.
...
Residencia Las Lomas.
El clima no podía ser mejor, el sol se colaba por los enormes ventanales e inundaba de luz la estancia.
Selena se quedó parada en la entrada, cambiándose los zapatos con cierto nerviosismo.
No podía evitar recordar aquella noche del “secuestro extraterrestre”...
Sacudió la cabeza, tratando de espantar esas imágenes caóticas de su mente.
Isaac bajó por la escalera con paso tranquilo.
Llevaba una camiseta blanca sencilla, ropa muy de casa, pero aun así, parado ahí, desprendía esa presencia imponente que nunca le abandonaba.
Sus ojos se posaron en el rostro de Selena y una sonrisa apenas perceptible empezó a dibujarse en su mirada.
Selena sintió cómo le ardían las mejillas; esquivó su mirada y se enfocó en otro punto de la casa.
—¿Dónde están Luisa y Chiara? —preguntó, intentando sonar natural.
—No hay prisa.
Isaac estiró la mano, sus dedos casi rozando el mechón de cabello que caía junto a la mejilla de Selena. Ella, de inmediato, retrocedió medio paso, de forma tan abrupta que estuvo a punto de tropezarse.
Isaac dejó la mano suspendida un segundo en el aire antes de meterla en el bolsillo del pantalón, como si nada.
—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que te coma?
Selena se sintió aún más incómoda bajo su mirada y levantó la barbilla con desafío.

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